Desarrollo Personal: El Trabajo como Narcótico

Cocktail, cortesía de emilybean

En una reciente entrada en su blog, Senior Manager preguntaba si no sería mejor eliminar las largas vacaciones de verano dado el coste económico y productivo de paralizar el país durante todo un mes.

Razones adicionales a favor de distribuir las vacaciones a lo largo del el año serían la saturación de carreteras y hoteles o los incrementos de precio que sufren los destinos turísticos durante el período veraniego.

Hasta aquí coincido en muchos puntos con SM, si bien creo importante recordar que hay razones objetivas para que el verano siga gozando del favor mayoritario como época ideal de vacaciones. A modo de ejemplo citaré dos que son válidas al menos en España:

  1. Es la época en la que los niños disfrutan sus vacaciones más largas
  2. Es el período con mayor número de horas de luz natural y mejor climatología para actividades al aire libre

Por otra parte, también es cierto que lo anterior es válido desde mediados de junio hasta mediados de septiembre, es decir, durante aproximadamente tres meses, y no sólo en agosto, por lo que no parece necesario que agosto sea “el mes” de vacaciones.

Con lo que no puedo estar de acuerdo es con la segunda parte de la afirmación “para nada es conveniente ni necesario irse un mes completo de vacaciones (y menos en verano), pues las consecuencias y los resultados de un alejamiento tan largo de la rutina laboral diaria sólo acarrearán resultados negativos que afectarán el regreso y terminarán desatando el archiconocido síndrome post vacacional“.

Vamos a ver. No voy a entrar a discutir si es mejor un mes o dos semanas pero me parece que estamos perdiendo un poco el Norte. ¿Trabajamos para vivir o vivimos para trabajar? ¿Cúal es, o al menos, cúal debería ser, la finalidad de las vacaciones?

En mi opinión el único criterio para determinar la duración de las vacaciones debería ser el tiempo que cada uno necesite para desconectar por completo de la rutina, liberarse del estrés, poder analizar el pasado reciente, pensar en el futuro próximo y “recargar las pilas” y nunca, desde luego, el tiempo que nos va a permitir volver a ser 100% productivos en nuestro trabajo lo antes posible.

Esto último me parece sencillamente una perversión, por otro lado cada vez más frecuente y visible en todos los medios, qué no se cansan de repetir lo “malas” que son las vacaciones. A fin de cuentas, para lo único que sirven es para disparar la tasa de divorcios o para que a la gente le dé masivamente por cambiar de trabajo o por deprimirse, con lo malo que es eso para la Economía.

Si no quieres darte cuenta de que ya no existe nada entre tú y tu pareja o, aún peor, que no os soportáis, ten mucho cuidado y evita tomarte unas largas vacaciones, no vaya a ser que lo descubras.

Si no quieres descubrir que tu trabajo te espanta y que estás malgastando tu vida en él, acorta tus vacaciones lo suficiente para no poder desconectar y analizarlo en perspectiva.

Si no quieres comprobar que ha pasado un año más y no has logrado tener “más de lo que quieres y menos de lo que no quieres“, como diría mi amigo Mario Alonso Puig, haz que la frontera entre vacaciones y no vacaciones sea casi imperceptible.

Si prefieres seguir sin saber qué quieres hacer con tu vida, seguramente lo mejor es que directamente pases de las vacaciones y sigas narcotizado por tu trabajo, porque como despiertes te vas a deprimir con toda seguridad.

No sé, ¿tendrá algo que ver esta perversión con la semana laboral de 65 horas?

GTD: Cuestión de Compromiso

Wishes Do Come True, cortesía de steadyhand

Afirma David Allen que la mayor parte del estrés que padece la gente es consecuencia de la mala administración de los compromisos que tienen o aceptan.

Incluso aquellas personas que no se sienten habitualmente estresadas experimentan una sensación de mayor relajación y capacidad de concentración cuando aprenden a dominar con eficacia los “frentes abiertos” que hay en su vidas.

Lo normal es que hayas adquirido muchos más compromisos de los que crees, y que detrás de cada uno de ellos, independientemente de su dimensión, haya una parte subconsciente de ti.

Es lo que David Allen llama “los incompletos” o “frentes abiertos“, y que es todo aquello que:

  1. Atrae nuestra atención
  2. No pertenece al lugar en que está

Los “frentes abiertos” pueden ser cosas importantes y relativamente complejas como “comprarme una casa”, o cosas cotidianas y sencillas como “dar de comer al gato”.

Piensa en todas las cosas, importantes o no, sobre las que tienes algo, aunque sea una pizca, de responsabilidad, sea para cambiarlas, acabarlas o hacer cualquier cosa con ellas.

Con todas ellas has aceptado una cierta responsabilidad interna y cada una de ellas es un “frente abierto”.

Para poder lidiar de forma eficaz con los “frentes abiertos” lo primero que hay que hacer es identificarlos, reunirlos y decidir como manejarlos.

Parece sencillo, pero en la práctica la mayoría de las personas no saben como hacerlo de un modo consciente y sistemático.

El próximo lunes veremos los comportamientos básicos que debemos adoptar para una buena gestión de los compromisos.

El Consejo de los Viernes: Tú No Siempre eres la Causa

Imagina que el Director General de tu empresa te ha invitado a una reunión y te lo encuentras en el ascensor cuando vas de camino.

Le ves preocupado y con prisas y de pronto te suelta: “Sólo tengo un cuarto de hora”.

La mayoría de la gente se “desinflaría” pensando “en realidad no quiere hablar conmigo”.

Sin embargo, la respuesta inteligente es “no hay problema, podemos ir más rápido”. Probablemente tu Director General te mire perplejo y cambie por completo de humor.

Has sentado las bases para una más que productiva reunión, por breve que sea.

Ten en cuenta que el estado de humor de tu jefe, compañeros, clientes, pareja o de cualquier otra persona casi nunca tiene que ver contigo.

Como seres humanos tendemos a pensar que el humor de los demás refleja de algún modo algo que hemos hecho o dejado de hacer pero, en cualquier caso, algo relacionado con nosotros. Somos “la estrella de nuestra propia película”.

Ponernos siempre en el centro de todas las situaciones es una forma más de distraernos de lo importante de forma innecesaria. Malgastamos nuestro tiempo preguntándonos qué hemos hecho mal cuando en realidad no tiene porqué ser necesariamente culpa nuestra.

Si realmente te preocupa haber podido molestar a alguien sin darte cuenta, pregúntaselo. Si la otra persona te dice que no tiene que ver contigo, acéptalo y si quieres ofrécele ayuda para resolver su problema.

Todos tenemos un mal día de vez en cuando y tú no siempre eres la causa.

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