El Consejo de los Viernes: 120 segundos y Fuera

cutothechase El Consejo de los Viernes: 120 segundos y FueraMuchas interacciones podrían llevarse a cabo en el tiempo que vas a tardar en leer este consejo.

Una pregunta rápida, poner al día a un compañero o a tu jefe, conseguir que te firmen algo… Nada de esto necesita mayor discusión ni por tanto mayor inversión de tiempo.

Sin embargo a menudo la gente se siente incómoda si aparece por tu puesto de trabajo para estar sólo un minuto o dos, ya que piensan que les van a tomar por maleducados o por gente que va sólo a lo que le interesa.

Lo irónico es que la persona que está al otro lado, es decir tú, está deseando que la interrupción dure el menor tiempo posible y sería feliz si cada interrupción del día se resolviera en un par de minutos.

Por eso es importante que prediques con el ejemplo y que intentes no emplear más de dos minutos en cosas que realmente no lo requieran.

Evidentemente esto requiere preparación. Piensa con antelación qué quieres conseguir y qué necesita saber la otra persona. Asegúrate de que presentas toda la información necesaria de una forma clara y ordenada. De este modo evitarás preguntas adicionales y lograrás una respuesta rápida por parte de tu interlocutor.

Si adoptas este hábito puede que tus compañeros estén un tanto extrañados al principio, pero seguro que pronto se acostumbrarán a ello y agradecerán tu brevedad y preparación.

Mejor aún, muchos de ellos adoptarán tu estilo y así, de algún modo, te devolverán el favor.

Desarrollo Personal: La Juventud como Elección

Hace ya algunas semanas tuve la oportunidad de disfrutar en Humanismo y Conectividad de una entrevista realizada a José Luis Sampedro.

Creo que su lucidez a los 93 años es, además de un ejemplo para muchos, una evidencia de algo que siempre he creído en relación a la edad y a los conceptos de juventud y vejez.

Es indudable que la edad es un dato objetivo que lleva asociadas una serie de características. Cumplimos años y ello va dejando una huella en nuestro cuerpo y en nuestra mente.

Sin embargo los conceptos de juventud y vejez no son tan objetivos. De hecho son convenciones sociales con unos límites bastante amplios y difusos. Cuando mi madre me habla sobre alguien “joven” siempre le tengo que preguntar “¿joven de cuántos años?”, porque para ella la juventud alcanza hasta bien entrados los 50…

Por otra parte es cierto que hay determinadas características que asociamos a cada uno de estos dos conceptos. Cuando hablamos de juventud asumimos la existencia de una serie de cualidades tales como idealismo, altruismo, flexibilidad, adaptabilidad, agilidad, entusiasmo, dinamismo…

Un detalle importante es que muchas de esas cualidades se expresan en forma de actitud, en un modo de reaccionar ante la realidad cotidiana. Una actitud que de algún modo es el resultado de un proceso de elección.

Se acepta de forma mayoritaria, a pesar de las excepciones que demuestran que no tiene por qué ser necesariamente así , que muchas de esas cualidades positivas se pierden inevitablemente, o al menos se ven considerablemente reducidas, en la medida en que vamos envejeciendo, entendiendo envejecer como el proceso de transición entre la juventud y la vejez.

La realidad es que estas actitudes no son exclusivas de los grupos de edad que en teoría deberían mostrarlas. Todos conocemos gente de edad avanzada, como José Luis Sampedro, que conservan buena parte de esas características positivas asociadas a la juventud. Personas en las que “la juventud va por dentro” y que demuestran que el hecho de cumplir años no implica necesariamente la pérdida de estas actitudes positivas.

Del mismo modo hay muchas personas que por su edad deberían categorizarse como “jóvenes” y que sin embargo muestran dichas características en un grado muy reducido o incluso nulo. Son esos “viejos prematuros” que todos conocemos. Personas que han decidido, porque de elección hablamos, que ya son “demasiado mayores” para seguir manteniendo esas actitudes “juveniles” y han optado por estancarse en un momento concreto de su trayectoria vital. Este grupo, por desgracia mucho más numeroso que el anterior, es probablemente la causa de que se asocie la edad con la pérdida de actitudes positivas.

La vejez como elección supone poner fin a tu desarrollo personal. A partir de ahí dejas de crecer, de aprender, de adaptarte y comienzas un proceso que te llevará a estar cada vez más lejos del mundo real y más encerrado en tus recuerdos, en tu concepción del mundo como un lugar en el que todo era mejor.

He de reconocer que me intriga enormemente cuál puede ser la razón por la que una persona “joven” decide en un momento dado convertirse en “viejo”. ¿Es miedo a lo desconocido? ¿Aversión al cambio? ¿Simplemente pereza?

No lo sé, pero lo cierto es que la edad es un hecho físico y biológico inevitable mientras que la actitud ante la vida no lo es.

En los albores de la Medicina Personalizada, y ante la expectativa de poder extender considerablemente la esperanza de vida en las próximas décadas, decidir si quieres seguir avanzando con la vista puesta en el futuro o prefieres pararte y quedarte mirando al pasado es, más que nunca, una elección.

Tu elección.

GTD: ¿Hasta dónde hay que planificar?

Ahora que ya conoces los cinco pasos de la Planificación Natural es probable que pienses “¿Hasta qué punto debo planificar un proyecto?”.

La respuesta es sencilla: hasta que puedas olvidarte de él.

Ya sabes que el motivo por el que no puedes dejar de pensar en algo es porque no puedes engañar a tu mente. Por eso cuando un proyecto siga rondando por tu cabeza, aún cuando tú creas que ya lo has planificado todo, es porque realmente no es así.

Según David Allen el 80% de los proyectos tan sólo requieren una lista de resultados y próximas acciones. Aproximadamente otro 15% precisa algún tipo de tormenta de ideas y tan sólo el 5% restante requiere aplicar los cinco pasos de la Planificación Natural.

Si necesitas más claridad, lo que debes hacer es recorrer los cinco pasos en sentido contrario.

Es decir, si estás muy ocupado con tus próximas acciones pero echas en falta directrices claras seguramente te convenga revisar tus planes. Si lo que no está suficientemente claro son los planes, entonces es posible que te interese llevar a cabo alguna lluvia de ideas adicional. Si lo que se atasca es la lluvia de ideas, seguramente necesites aclarar la visión del resultado deseado y si ni siquiera esa visión está clara, lo mejor es que comiences desde cero a revisar cuál es el propósito de tu proyecto.

Por el contrario, si lo que necesitas es más acción, entonces te interesa continuar avanzando hacia el siguiente de los cinco pasos.

Puede que estés muy entusiasmado con el propósito del proyecto pero que te cueste desarrollar el aspecto que dicho proyecto tendría una vez finalizado. Para concretar cuál es la visión del proyecto es probable que debas preguntarte una vez más “¿Qué aspecto tendría el resultado?”. Si lo que no está claro son las cuestiones relativas al cómo, lo más útil es la lluvia de ideas. En ocasiones tendrás un montón de ideas pero no habrás decidido cuáles son los pasos siguientes en el proyecto, en cuyo caso te convendría repasar la organización del mismo. Y si tienes un plan pero no avanzas, pregúntate de nuevo “¿Cuál es la próxima acción?”

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