La [No] Formación. Creando Espacios para Aprender en Red

El pasado día 14 de octubre tuve la oportunidad de participar como ponente en la II Sessió sobre innovació en formació organizada por el Centre d’Estudis Jurídics i Formació Especialitzada de la Generalitat de Catalunya, cuyo tema principal era el futuro de la formación en aula en la época de entornos personales de aprendizaje (PLE) y redes de aprendizaje colaborativo.

Aprovecho desde aquí para dar las gracias a Jesús Martínez por la invitación y por su hospitalidad.

Después de un breve juego para experimentar la fuerza de los paradigmas, comencé mi exposición afirmando que nos encontramos en un período de transición a un nuevo paradigma. Hemos pasado de un mundo donde la información era un bien escaso y relativamente estable a otro donde es virtualmente ubicua y en constante cambio. El valor de la información ya no reside en acumularla (“saber”), sino en sintetizarla y relacionarla con fines prácticos (“saber hacer”).

Sin embargo, el antiguo paradigma del aprendizaje aún coexiste con el nuevo. En este antiguo paradigma la información se identifica frecuentemente con el conocimiento, a pesar de ser conceptos substancialmente distintos. Esta confusión hace que se crea que el conocimiento es transferible del mismo modo que lo es la información. A raíz de esta creencia errónea aparece el “mito de la caja vacía“, es decir, se acepta que alguien que “posee” el conocimiento lo transfiere oralmente a alguien que carece de él.

Por otra parte, en el paradigma antiguo el aprendizaje es un evento aislado en el tiempo. Esto es en parte causa y en parte efecto del carácter extrínseco del interés por aprender.

En otras palabras, el interés por aprender no es el principal motor de la asistencia y participación en los eventos formativos y, de hecho, la motivación por aprender es baja, lo que se traduce en que los resultados de la formación clásica en aula sean sub-óptimos.

Como contraste, en el nuevo paradigma del aprendizaje encontramos que el éxito depende en gran medida de la existencia previa de un interés genuino por aprender, ya que sólo si existe interés habrá verdadera motivación.

Además, en este paradigma no “se enseña” sino que “se aprende” y “se desaprende” constantemente a través de un proceso en el que la información se comparte y el conocimiento se co-crea colaborativamente tanto antes del evento formativo en aula como durante y después de él.

Podemos hablar así de una nueva secuencia del aprendizaje que comienza con la exploración motivada por la curiosidad y el interés por aprender. En una segunda etapa compartimos aquello que hemos encontrado y aprendido durante nuestra aventura exploratoria a la vez que comienzan a surgir conversaciones alrededor de ello.

Son precisamente esas conversaciones sobre lo encontrado y compartido lo que da lugar a la co-creación colaborativa de conocimiento. Un conocimiento que se produce en gran abundancia y que se concreta posteriormente en una fase de síntesis, también colaborativa, por parte de la red de aprendizaje.

Cerramos el círculo con una etapa de sedimentación que permite por un lado asentar lo aprendido y por otra será el germen que despierte nuevas inquietudes e intereses que servirán a su vez para reiniciar una vez más el proceso.

Llegados a este punto de la ponencia, compartí la reciente experiencia de un grupo de consultores artesanos trabajando en identificar los elementos fundamentales del “buen hacer formativo“, tema sobre el que ya escribí aquí en su momento.

Te dejo aquí tanto el video de mi intervención como la presentación que utilicé para la ponencia. Espero tus comentarios.

GTD: 3 Consejos para Cumplir tus Compromisos

Si, como hemos visto, los sentimientos negativos se producen porque incumples los compromisos que has adquirido contigo mismo, evitarlos es muy sencillo:

  • No te comprometas con nada que no estés seguro de ir a cumplir
  • Cumple todos tus compromisos
  • Renegocia tus compromisos

No contraer el compromiso

Una forma excelente de enfrentarte a los incompletos es decir que no. Cuando procesas tus bandejas de entrada y decides tirar algo a la papelera estás precisamente diciéndole no.

El problema es que nos marcamos unos estándares muy altos. Si no aspiraras tan alto y adoptaras un enfoque más minimalista, todo sería mucho más sencillo.

En realidad, en el mundo de la autoayuda los valores están sobrevalorados porque se parte de la idea errónea de que centrarse en los valores simplifica la vida. En realidad ocurre lo contrario: cuanto más te centras en tus valores, de más cosas te sientes responsable.

Es cierto que los valores definen los criterios del mismo modo que el propósito da la fuerza y marca la dirección. Pero no te confundas. Los valores te ayudan a tomar decisiones pero no te simplifican la vida.

Aunque es poco probable que rebajes tus estándares, sí es posible que cambies algunos hábitos cuando tomes consciencia de los muchos compromisos que contraes constantemente. En la medida que te vayas dando cuenta de que estás adquiriendo un compromiso dejarás de decir “sí, vale” automáticamente y empezarás a decir “lo siento, no puedo hacerlo” con mucha más frecuencia.

Pensar antes de comprometerte es un signo de madurez porque supone asumir completa responsabilidad sobre tus compromisos, lo que te hará pensártelo dos veces antes de contraer contigo mismo obligaciones que no piensas o no tienes por qué cumplir. No ser consciente de los compromisos en los que te embarcas es como usar la tarjeta de crédito sin saber el saldo: es mucho más fácil ser insolvente.

Cumplir el compromiso

A todos nos gusta la sensación liberadora que proporciona terminar algo.

De hecho, uno de los grandes peligros que encierra precisamente la regla de los dos minutos es que es una forma fácil y adictiva de tener esta sensación liberadora de “haber hecho muchas cosas”. Sin embargo, no hay que “buscar” estas tareas selectivamente, ya que acabarás acumulando un volumen ingente de tareas que requerirán más tiempo y que tendrás la sensación de no ir a completar nunca. Por eso es tan importante procesar las bandejas de entrada secuencialmente, una cosa detrás de otra.

El otro gran riesgo asociado a cumplir sistemáticamente tus compromisos es que cada vez tenderás a hacer más, hasta llegar al límite. Eso si no tienes jefe porque, si lo tienes, adivina a quién le van a caer más cosas para hacer.

En otras palabras, hay que tener cuidado con no entrar en una dinámica de hacer por hacer, ya que eso puede acabar con los beneficios que te ofrece la productividad.

Renegociar el compromiso

Si no vas a renunciar a tus estándares y tampoco quieres perder las ventajas de ser productivo seguramente esta tercera vía se acabe convirtiendo en tu opción preferida.

La potencia de esta tercera opción reside en que un compromiso renegociado no es un compromiso roto.

Por eso es tan importante vaciar tu mente y mantener todos tus compromisos en un sistema externo que compruebas con regularidad, porque, ¿cómo vas a poder renegociar un compromiso si ni siquiera sabes que lo has contraído?

En este sentido son especialmente útiles los archivos de seguimiento y las listas “Algún día/Tal vez“, ya que ambas te permiten sacar las cosas de tu cabeza rápidamente sin tenerlas que hacer en ese momento y te aseguran además que volverás a encontrarlas más adelante, momento en que podrás renegociar tu compromiso con ellas.

Las Cosas son Como Tú

Las oímos todos los días. Son lugares comunes pero no por ello menos poblados. Frases como “las redes sociales son una pérdida de tiempo” o “la televisión engorda” se repiten constantemente a nuestro alrededor sin que podamos evitarlo.

No deja de llamarme la atención esta facilidad del ser humano por escaquearse de sus responsabilidades. De repente ya no eres tú quien hace un uso erróneo de las redes sociales, la televisión o cualquier otra cosa, sino que son esas cosas las que poseen la maldad en sí mismas. Tú eres del todo inocente. Es más, eres víctima de ellas.

Llevado al campo de la empresa, deja únicamente de llamarme la atención para empezar a preocuparme. Nuevamente, la empresa se escaquea de sus responsabilidades. Ya no es la falta de liderazgo, ni la escasa y pobre comunicación interna ni la falta de objetivos claros, retadores y alcanzables los causantes de la desmotivación generalizada y el bajo rendimiento. La culpa la tiene Internet, las redes sociales, el teléfono y los diarios deportivos.

Tal vez sea el momento de repetir algo evidente pero no por ello menos ignorado: las cosas no son buenas ni malas, lo que es bueno o malo es el uso que haces de ellas.

Un cuchillo te permite cortar la comida que te alimenta, pero también matar a otra persona. Del mismo modo, la televisión, las redes sociales o Internet en general te permiten acceder a información útil e interesante, relacionarte con otras personas o simplemente pasar un rato entretenido pero también procrastinar, desatender tus compromisos o adquirir hábitos insaludables.

Lo que es importante es no perder de vista quién es el único responsable aquí. Si hablamos a nivel individual, tú eres quien decide el uso que quiere hacer de estos medios o de cualquier otra cosa. Nadie más.

Y si hablamos de la empresa, dejémonos de niñerías y empecemos a asumir nuestra responsabilidad. El problema no es Internet. Si no existiera, los empleados desmotivados perderían el tiempo de cualquier otra forma. Del mismo modo que Internet posibilita ser más productivo, también posibilita lo contrario. Que tu empresa sea un entorno de alto rendimiento o de “alto escaqueo” no es fruto del azar sino de decisiones humanas.

Prohibir el acceso a las redes sociales es intentar tapar otros errores con un nuevo error. La culpa no es de las redes sociales sino tuya. ¿Estás seguro de que en tu empresa se han hecho los deberes? Si tienes un problema generalizado de rendimiento, seguro que la respuesta es no.

Ha llegado el momento de asumir nuestra parte de responsabilidad. No podemos seguir echando la culpa a otros y, aún menos, culpar a las cosas por el uso incorrecto que hacemos de ellas.

No te engañes y, sobre todo, no intentes engañar a otros. Las cosas no son buenas ni malas; son lo que tú, como persona o como organización, haces o incitas a hacer con ellas. Las cosas son como tú.

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