Lo puedes leer en aprox. 5:23 minutos  Pi: The Transcendental Number, cortesía de Tom Blackwell Todo debería hacerse tan simple como sea posible, pero no más que eso – Albert Einstein
Recuerdo de cuando estudiaba en la Facultad de C.C. Políticas y Sociología, que una de las asignaturas con las que más disfruté fue Filosofía de la Ciencia. Tuve la suerte de contar con un gran profesor que logró realmente despertar mi interés por un campo que en principio se presentaba como demasiado “complejo”. En concreto, uno de los temas que me pareció más interesante fue el de los modelos científicos y es precisamente este el que quiero tomar como referencia de partida para este post. Un modelo no es más que una representación simplificada de algo real que conserva, y esto es importante, los rasgos diferenciales y característicos de ese algo real que representa. Dicho en otras palabras, si el modelo no conserva los rasgos y características del original, no sirve para nada. ¿Dónde quiero llegar con esto? Es sencillo. El objetivo al crear un modelo es precisamente aplicar la cita de Einstein con la que comenzaba este post: hacer una representación lo más simple posible de algo real pero no tan simple que deje de servir para el fin para el que se crea. ¿A qué viene toda esta historia? Lo cierto es que es un tema del que tenía ganas de escribir hace tiempo y ha sido un post de mi amigo Amalio Rey el que me ha hecho decidirme finalmente. Comenta Amalio en su post una situación real en la que un cliente le pedía “algo rápido y sencillo“, situación que no solo no me es desconocida sino que me consta es bastante habitual. Evidentemente cada cliente puede pedir lo que considere oportuno. Faltaría más. El problema es que esta actitud, en mi opinión, es síntoma de un grave problema que tiene mucho que ver con la situación económica, política y social en la que nos encontramos. Vaya por delante que me encanta la sencillez y las cosas simples, cuanto más simples mejor. Pero solo con la condición de que no sean completamente inútiles. Sí, sé que puede parecer una perogrullada pero no lo es. Lo “trending” hoy día es lo “rápido y sencillo”, aunque no sirva para nada. Dicen los que saben del tema que la cantidad de información que se genera cada día excede la que nuestros mayores alcanzaban a ver en toda su vida, y que sigue creciendo exponencialmente. Si comparamos el mercado local de hace unas décadas con el comercio global de hoy día, parece que la complejidad también ha aumentado. Las estructuras sociales tradicionales que nos servían como referencias más o menos inmutables se han derrumbado en su mayoría o están camino de hacerlo. El concepto y el significado del trabajo también han cambiado, dejando atrás la permanencia y la seguridad. Vivimos en tiempos líquidos, que diría Bauman, en los que a las “personas líquidas”, a falta de estructuras “sólidas” en las que apoyarse, les toca convivir con la incertidumbre. A lo mejor son cosas mías pero diría que nunca el ser humano ha vivido inmerso en niveles de complejidad como los actuales. A mí me parece paradójico que en tiempos de máxima complejidad reine el culto a la sobre-simplicidad. Los problemas complejos a veces, no siempre pero a veces, no tienen una solución simple. En muchas ocasiones, la forma más simple de abordar una situación es conservando cierto grado de complejidad. Cuando facilito talleres sobre mejora de la productividad personal con GTD, uno de los comentarios habituales con que me encuentro es que GTD es “complejo”. Mi respuesta a estos comentarios es que lo que es complejo en realidad no es la metodología, sino el día a día en el que nos ha tocado vivir a los trabajadores del conocimiento. De hecho, en los talleres que facilito, son las propias personas las que acaban llegando por sí solas a las mismas conclusiones que llegó David Allen hace más de una década cuando escribió “Getting Things Done”. Por decirlo de alguna manera, son ellas quienes “reinventan” GTD. El problema al que me refería antes se llama sistema educativo. Nos hemos educado en un sistema educativo que prepara a las personas para hacer sin pensar, sin plantearse preguntas. Por eso, los métodos de gestión del tiempo tradicionales han triunfado durante años hasta evidenciarse como completamente inútiles en la Era del Conocimiento. Las clasificaciones dicotómicas, urgente/no urgente, importante/no importante o prioritario/no prioritario son simples, excesivamente simples, y por eso su aplicación en la práctica resulta inútil. La clave alrededor de la que gira toda la metodología GTD es que la productividad no depende tanto de hacer muchas cosas como de elegir bien qué hacer y qué no hacer, es decir, de tomar buenas decisiones. Y tomar buenas decisiones exige pensar. Y pensar da pereza porque no estamos acostumbrados a hacerlo ni nos han educado para ello. Cuando un cliente pide “algo rápido y sencillo” lo que nos está diciendo es “dame algo que no nos haga pensar, ni a mí ni a mi organización“. Todo eso de “es que nuestra organización aún no está preparada para” o “no tenemos tiempo/recursos para” no son más que excusas para reducir la disonancia cognitiva, como bien sabía el bueno de Festinger. O necesitas cambiar para mejorar algo o no lo necesitas. Y si lo necesitas y emprendes alguna acción al respecto, la acción que lleves a cabo debe ser para que realmente cambie o mejore ese algo, no para poder decir que has hecho algo aunque no haya servido para nada. El drama en el que viven las organizaciones hoy día es que la prioridad no es hacer cosas que sirvan para algo, es decir, que aporten valor al cliente y a la sociedad, sino simplemente hacer muchas cosas, cuantas más, mejor, aunque no se sepa para qué se hacen. Como decía Santayana, “el fanatismo consiste en redoblar el esfuerzo cuando has olvidado el fin”. La percepción generalizada de falta de tiempo en las organizaciones es por completo subjetiva. ¿Falta de tiempo para qué? ¿Cuánto del tiempo que dedican las personas a trabajar lo hacen en cosas que aporten un valor real al cliente y a la sociedad? ¿Cuánto tiempo se va en seguir procesos absurdos e ineficientes, usar tecnologías inadecuadas o lidiar con estructuras de poder obsoletas? ¿Cuánto de ese tiempo se emplea en solucionar situaciones que hubieran podido evitarse de haberse pensado un poco antes de hacer? Esta situación no es fortuita sino consecuencia lógica del mundo en que vivimos; un mundo crecientemente complejo en el que cada vez es más imprescindible pensar antes de hacer para poder convertir lo complejo en simple. Cuando no se piensa, lo complejo sigue siendo complejo y por tanto no se aborda y queda relegado a un segundo plano. En su lugar, se dedican los esfuerzos a lidiar con cosas simples y, por lo general, inútiles, que no requieren pensar pero tampoco aportan valor ni a las personas, ni a las organizaciones ni a la sociedad. La época de las soluciones simples y del “algo rápido y sencillo” ha pasado a la Historia. Ahora, el primer requisito para adaptarte con éxito a esta nueva realidad es aprender a convivir con un cierto grado de complejidad, aunque ello nos exija tener que empezar a pensar de manera habitual. En otras palabras, necesitamos aprender a lidiar con la simplicidad compleja para navegar con fluidez en estos tiempos líquidos. Lo puedes leer en aprox. 3:15 minutos A lo mejor aún no te has dado cuenta pero estás compartiendo tiempo y espacio con personas que, aunque aparentemente viven a tu lado, en realidad habitan en un universo paralelo.
Claro que esto es sólo una forma de verlo porque, a lo mejor, el que habita en un universo paralelo eres tú… En cualquier caso, parece evidente que podemos hablar de dos grandes grupos de personas instaladas en paradigmas casi contrapuestos. Están los que piensan que nos encontramos ante una crisis económica de esas tantas que suceden periódicamente, con la única diferencia de que en esta ocasión se está alargando, desgraciadamente, más de la cuenta. Gente que sigue refiriéndose a la situación actual como “la que está cayendo”, frase absurda hasta el hastío y que lleva implícita la creencia, más absurda aún, de que escampará algún día. Gente que sigue pensando que los políticos arreglarán la situación, que volverá a crearse empleo, que el sistema educativo sirve para algo más que para generar conformidad, que las empresas pueden seguir rigiéndose por las mismas normas que hace treinta años, que Europa y USA seguirán “cortando el bacalao” eternamente, que el Estado del Bienestar está a salvo y que cobrará una pensión en condiciones porque para algo ha estado cotizando toda la vida. Son gente afincada en el pensamiento único, en el “cualquier tiempo pasado fue mejor” y en “las cosas siempre han sido así”. Gente que siente que pensar es peligroso y por eso no se atreve a hacerlo. Son, en gran medida, las mismas personas que opinan que Internet es una peligrosa pérdida de tiempo para raros, vagos y antisistemas. Son quiénes prohíben las redes sociales en las empresas, quiénes tienen miedo a comprar por Internet, quiénes no dejan que sus hijos se acerquen a un ordenador, quiénes padecen tecnofobia y sospechan que las redes están llenas de gente extraña. Luego, por otra parte, están los que piensan que estamos ante un cambio de era en todos los frentes. Gente que percibe que nos encontramos en los albores de una revolución sin precedentes. Gente que intuye que cuando el proceso de transformación en el que estamos inmersos llegue a su fin, y eso puede llevar su tiempo, habitaremos en un mundo muy distinto del actual, casi irreconocible. Gente que cree que la tecnología en general e Internet en particular ofrecen un universo de posibilidades que permiten por primera vez en la Historia plantearse alternativas hasta ahora impensables. Gente consciente de que habitamos en un mundo global, en el que los equilibrios de ayer están dando lugar a nuevos e imprevisibles escenarios. Gente que sabe que hay otras formas posibles de entender la política, la educación, el trabajo, la empresa y la sociedad y que merece la pena intentarlo. Son gente dispuesta a probarlo todo, a equivocarse para aprender, a no dar una batalla por perdida. Gente que entiende que si “las cosas siempre han sido así” probablemente haya llegado el momento de cambiarlas. Gente que siente que pensar es peligroso y por eso se atreve a hacerlo. Son, en gran medida, las mismas personas que piensan que Internet es una de las herramientas mas poderosas que ha tenido la gente de a pie para hacer oír su voz. Son quienes experimentan, comparten, descubren, aprenden y se divierten a diario en las redes sociales. Son quienes sospechan que fuera de las redes está lleno de gente extraña. Mis hijas usan wikis en el colegio, hacen sus trabajos en GDocs y sus presentaciones en prezi, hablan con sus amigas por GTalk y comparten ficheros y agenda con su madre y conmigo usando Dropbox y GCal. Los hijos de muchos de mis conocidos apenas saben usar un ordenador. EL 90% de la gente interesante que he conocido en los últimos 3 años ha sido, directa o indirectamente, a través de las redes sociales. Mi realidad cotidiana está estrechamente entrelazada con la tecnología, Internet y las redes sociales: trabajo, aprendizaje, ocio, relaciones… La inmensa mayoría de mi círculo más próximo de familiares y amigos hace un uso escaso de la tecnología y de Internet y no está o no usa las redes sociales. Para ellos mi familia y yo somos una “panda de frikis” que vivimos en un mundo virtual, en una fantasía irreal. Yo tengo claro que, efectivamente, aquí coexisten dos aparentes realidades y que tan sólo una de ellas es la realidad “real”, no siendo la otra más que una ilusión envuelta en una realidad virtual. Un único mundo y dos realidades. Eso está claro. La cuestión es: realidad virtual sí, ¿pero cuál? Lo puedes leer en aprox. 3:09 minutos  Sarangkot Flight, cortesía de Dhilung Kirat En determinadas culturas, por ejemplo en la española, tenemos una relación insana con el error, la cual no sólo te limita enormemente en el día a día sino que también te genera culpa y frustración. No voy a hacer aquí una apología absurda sobre el enorme valor del fracaso. Simplemente voy a compartir contigo algunas reflexiones sobre el tema con la intención de entender el error desde una perspectiva más amplia. Errar no es fracasar. El error, al igual que el acierto, es uno de los dos resultados posibles cuando te decides por una de las opciones existentes y, además, la llevas a cabo. Esto es importante, porque si no haces, no te equivocas. Por eso, los únicos que nunca comenten errores son los que jamás hacen nada. Por otra parte, probabilísticamente hablando, el error no es “mejor” ni “peor” que el acierto. Es sólo uno más de los resultados posibles. Esto significa que todas las creencias, generalmente negativas, que existen alrededor del error son sólo emocionales y no obedecen a razones objetivas. La asociación de fracaso y error tiene mucho que ver con la falta de autoestima. Porque acertar no es fácil. Por lo general, es prácticamente imposible prever, y aún menos controlar, todos y cada uno de los elementos que pueden condicionar el resultado de una acción. Habitualmente decidimos en función de información muy parcial y, además, fuertemente condicionados por nuestras creencias y valores. Por eso es prácticamente imposible no errar nunca. Por si fuera poco, sobreestimamos las probabilidades de error y también sus consecuencias. Tu mente te hace creer que tus probabilidades de equivocarte son mayores de lo que tu propia historia demuestra y, como si esto no fuera suficiente, te hace pensar que las consecuencias de errar serán mucho mayores de lo que son en realidad. De ahí que el estrés sea, fundamentalmente, fruto de un error de cálculo. Este mismo tipo de fallos en nuestros procesos cognitivos son los que nos hacen que nos cueste tanto reconocer un error, cambiar de opinión o probar opciones diferentes. La reacción inteligente ante un error no es por tanto la frustración, ni la rabia, ni ninguna otra reacción similar. Y por supuesto tampoco es ponerte a dar saltos de alegría porque gracias a ese error has aprendido muchas cosas que en caso contrario seguirías ignorando. Ante un error lo inteligente es la deportividad, que es el apodo familiar de la resiliencia. Debes entender que lo realmente importante no es lo que te sucede, sino qué sentido le das a lo que te sucede. Sí, es cierto, preferirías haber acertado pero no ha sido así. Y puesto que lo hecho, hecho está, lo que toca ahora es aprovechar al máximo la situación, aprender de lo ocurrido, probar de nuevo o, si has hecho bien las cosas, pasar al plan B. La mejor herramienta de aprendizaje es la pregunta: ¿Qué podías haber hecho distinto? ¿Qué riesgos no consideraste o subestimaste? ¿Qué información necesaria desconocías? ¿Qué podrías hacer en el futuro para mitigar la probabilidad de error? Si al responderte a lo anterior descubres que habías hecho la opción más adecuada, de nuevo deportividad. Inténtalo otra vez. La buena suerte depende de tu preparación pero la suerte, a secas, es puro azar y también existe. ¿Imaginas a un niño aprendiendo a andar que decide dejar de intentarlo porque ya se ha caído tres veces y aún no anda? Una de las mejores formas de superar el error, cuando el camino es el adecuado, es la constancia. Y la forma de encontrar el camino adecuado es pensar antes de hacer. Precisamente en este sentido, una de las razones por las que las técnicas de coaching se están imponiendo en todo el mundo es porque te ayudan a pensar y, al hacerlo, aumentan tu grado de conciencia tanto sobre los riesgos que conllevan tus acciones como de los recursos de los que dispones para mitigarlos e incluso de las oportunidades que esos riesgos podrían llevar asociadas. Aún así, incluso pensando, identificando riesgos, recursos y oportunidades y aprendiendo de tus errores, tendrás que reconciliarte con el error y hacer, con deportividad, que éste pase a formar parte de tu vida. Porque, te guste o no te guste, si algún día quieres volar, antes tendrás que aprender a caer. | | |
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