#cafeYProductividad: El placer de la conversación inteligente

«Café y Productividad» es una iniciativa promovida y organizada por Jeroen Sangers, Daniel Aguayo y Jordi Sánchez con el propósito de ofrecer de forma regular un punto de encuentro para la comunidad de bloggers especializados en productividad y efectividad personal. Aprovecho desde aquí para darles la enhorabuena y las gracias tanto por la idea como por su ejecución.

Hasta ahora, me había resultado imposible asistir a las ediciones anteriores, y reconozco que a esta iba con muchas ganas. La experiencia superó con creces las expectativas. Lo primero que me llamó la atención fue el lugar elegido, las oficinas de Liferay en Madrid, de las que pudimos disfrutar gracias al networking y las gestiones de Vanesa Tejada.

Otro detalle que me sorprendió fue el elevado número de participantes. Reunir a 15 personas un soleado sábado de junio por la mañana para hablar de productividad tiene su punto, sobre todo cuando más de la mitad de ellas tenían que desplazarse desde puntos geográficos tan dispares como Barcelona, Lleida, Tarragona, Cádiz, Córdoba, Sevilla o A Coruña.

También me sorprendió gratamente la excelente organización y eso que aquí mis expectativas eran muy altas, conociendo como conozco los estándares de calidad de Jeroen y Dani, que se superaron. Los «icebreaker» elegidos por los organizadores fueron tan entretenidos y efectivos como poco intrusivos, algo muy poco habitual por desgracia, aunque sí esperable en este caso en el que había una amplia representación de introvertidos.  🙂

Pero de toda la experiencia, lo que más gratamente me impresionó fue la calidad de la conversación. A partir de un sencillo ejercicio para plantear y elegir temas para tratar, comenzó una serie de interesantísimos debates que se prolongaron varias horas, tan solo interrumpidos en una ocasión para tomar – como no – un café.

El primer tema tratado fue hasta qué punto está la sociedad actual preparada para entender y hablar de productividad personal «en serio». Para la mayoría de la gente, la productividad se sigue viendo reducida a sus aspectos más económicos. Para otros, es simplemente un conjunto de trucos y herramientas más o menos llamativo y vistoso. Sin embargo, la experiencia de quienes llevamos años en esto es que el verdadero potencial de la productividad y la efectividad personal es como elemento transformador que te ayuda a lograr resultados y a vivir la vida que quieres vivir.

La conclusión mayoritaria es que todavía se trata de un tema minoritario, aunque con un rápido crecimiento. El sentimiento generalizado es que en los próximos años cobrará mucha fuerza, ya que las condiciones del entorno piden a gritos soluciones de esta naturaleza. Mi mayor preocupación es la proliferación de productividad basura que está teniendo lugar de la mano de oportunistas que se presentan como expertos y que, desde su ignorancia bienintencionada, pueden hacer mucho daño, tanto a las personas con las que trabajan, como a la productividad personal en sí, como ya ha ocurrido en el caso del coaching.

Otro tema del que se habló fue de la fuerza de voluntad versus hábitos. ¿Qué funciona mejor? ¿Qué es más sostenible? Un debate también muy interesante y enriquecedor, con diversidad de opiniones pero con muchos puntos en común.

El tercer tema tratado, y el más polémico, fue sobre la bondad o la maldad de la planificación. Después de explicar los matices de las diversas perspectivas, mi sensación es que – en esencia – la mayoría de los presentes compartíamos la mayoría de los principios generales sobre la inutilidad de inventarse fechas y la importancia de dedicar atención a prever, anticipar, detectar necesidades, evaluar alternativas, explorar oportunidades y, sobre todo, revisar frecuentemente para corregir el rumbo. Me quedé con la impresión de que ni es la primera vez que se habla de este tema ni será la última 😉

Con este último debate se nos agotó el tiempo disponible – me quedé con ganas de más aunque creo que la duración del formato elegido es idónea – y se dio por concluido el evento. Muchos tuvieron que irse y un pequeño grupo nos quedamos a comer y proseguir con la conversación, ya de manera más informal.

Al margen de lo anterior, este «café y productividad» me ha brindado la oportunidad de reencontrarme personalmente con colegas de este mundillo a los que no veía desde hacía tiempo, como por ejemplo JeroenDavid Torné, Enrique Gonzalo o Joaquín Peña; de conocer por fin en persona a varios colegas a los que leo con interés y sigo de cerca desde hace años,como Alejandro Vázquez o Jordi Fortuny; a otros a los que he descubierto más recientemente pero que también han pasado a formar parte de mis imprescindibles, como es el caso de Daniel Grifol o Vanesa Tejada; y de conocer a gente nueva, como William García, cuyo blog acabo de incorporar a mi Feedly.

Y, por supuesto, a compartir otra fantástica experiencia con algunos de mis compañeros y amigos de OPTIMA LAB: Paz Garde, Cruz Guijarro, Antonio José Masiá y Jerónimo Sánchez, con quienes ya había disfrutado de una fantástica cena para «calentar motores» la noche anterior en el restaurante favorito de la red.

Parece que la idea de los promotores es celebrar un par de reuniones como esta al año – un planteamiento que encuentro muy acertado – y yo personalmente, con que la próxima mantenga el mismo «nivelazo» que esta, me daría por más que satisfecho. Porque sí, es cierto, me he quedado con muchas ganas de repetir 😀

Óptima Infinito cumple 8 años

Otro año más, y por una vez en la fecha exacta, llega el momento de hacer balance de la trayectoria de este blog. La verdad es que parece que esta historia, que empezó como una aventura experimental, ha terminado en una relación seria. Decía Aristóteles que «somos lo que hacemos repetidamente», que es lo mismo que decir «somos nuestros hábitos». A día de hoy, escribir en este blog se ha convertido en algo más que en un simple hábito y ha pasado a formar parte de mí, de lo que me define: soy bloguero.

Imagino que se nota, pero disfruto enormemente escribiendo en este blog. Escribir de forma regular no solo contribuye a mantener viva mi disciplina, tan necesaria para el desarrollo y el sostenimiento de esos hábitos de los que tanto hablamos los profesionales de la efectividad, sino que me asegura también mantener activos una serie de círculos virtuosos muy importantes para mí.

Por ejemplo, tener que escribir me asegura dedicar regularmente parte de mi atención y de mi energía mental a seguir aprendiendo y a reflexionar sobre lo aprendido, a fin de poder seguir generando contenidos para el blog. Esa necesidad de aprendizaje y reflexión activa tiene muchos efectos positivos, uno de los cuales es potenciar mi creatividad, que en paralelo [re]activa mi sentido [auto]crítico. De todo lo anterior surge la necesidad de compartir esas nuevas ideas, aprendizajes y reflexiones, es decir, refuerza el deseo de escribir.

Al margen de lo anterior, estoy muy satisfecho con este último año del blog. Creo que he logrado consolidar la «regularidad equilibrada» que llevaba tiempo buscando. Esta regularidad equilibrada es importante para mí porque me permite mantener un ritmo suficientemente vivo y constante de publicación sin necesidad de «robar» atención a otras áreas de mi vida. Este año lo he conseguido.

Han sido 75 entradas más, que totalizan 675 desde los orígenes del blog. En cuanto a suscripciones, una aumento considerable en este último año. En feedly, he pasado de los 3.600 suscriptores del año pasado a unos 4.100 en el momento que escribo este post (+14%). Esta cifra, sumada a los aproximadamente 1.000 suscriptores por email y a los otros 2.000 que me da el plugin de WordPress basado en visitas totaliza unos 7.000 suscriptores, lo que representa cerca de un 43% más que el año pasado.

Las visitas al blog también han experimentado un aumento muy significativo, en parte probablemente debido al aumento de suscriptores, pasando de las 140.000 del año pasado a 172.000 (+23%). También sube de forma notable el número de páginas vistas, que ha pasado de 430.000 a 520.000 (+21%). Estoy realmente impresionado y enormemente satisfecho con la progresión de todos estos indicadores.

En cuanto a contenidos, este año que terminado de desglosar el libro «Haz que funcione» de David Allen y también he dedicado una serie completa, bajo el hashtag #cienciaGTD, al paper publicado en 2008 por Francis Heylighen y Clément Vidal «Getting Things Done: The Science behind Stress-Free Productivity» sobre los fundamentos científicos de GTD.

También este año he comenzado a compartir algunos elementos de OPTIMA3, una metodología de segunda generación que comparte principios con GTD e incorpora los avances más relevantes de los últimos años en efectividad personal. Esta metodología de vanguardia continúa evolucionando a muy buen ritmo a través de dos líneas de trabajo paralelas, «OPTIMA3 framework» y «OPTIMA3 system», y mi intención es seguir compartiendo información por aquí de forma regular y, en algún momento, publicar un libro (o dos) al respecto.

Para el año que viene mi intención es seguir escribiendo cada vez más sobre efectividad, tanto personal como organizativa. Eso sí, quiero abrir el círculo, incorporando otros elementos que juegan y van a jugar un papel claro en la mejora de esta competencia clave para el siglo XXI como, por ejemplo, la comunicación efectiva, sobre la que ya he escrito algo. Espero además que, por fin, pueda hacer realidad ese cambio de «look» del que ya he hablado muchas veces, y que he tenido que posponer en numerosas ocasiones debido a cambios de planes (para que luego digan los amantes de la planificación). Aparte de ser un «look» común para todos los blogs de la red OPTIMA LAB, es mucho más limpio y moderno que el actual, así que creo que te gustará.

Por mi parte solo queda darte una vez más las gracias por estar ahí, contribuyendo a dar sentido y a enriquecer este proyecto. Un fuerte abrazo!

Los clientes solo saben lo que quieren

Una de las expresiones que más me ha llamado la atención desde que la oí por primera vez es la famosa «los clientes siempre tienen razón». ¿Siempre? ¿Todos? ¿Sin excepción? ¿Cómo es posible? Estas y muchas otras preguntas me venían a la cabeza cada vez que oía a alguien decir esta frase. Personalmente, soy un convencido de que «es el cliente quién define un trabajo bien hecho», lo que me parece perfectamente compatible con que el cliente pueda estar equivocado en determinados aspectos e ignorar muchos otros.

Durante mi carrera profesional he tenido la gran suerte de poder trabajar con enormes profesionales europeos del mundo de la venta, personas a las que un colega irlandés denominaba «sales animals». Doy fe de que realmente lo eran y, curiosamente, a ninguna de ellas le oí decir jamás que los clientes siempre tuvieran razón, lo que imagino se debería a algo. ¿Qué creer entonces? Esta duda ha permanecido abierta muchos años, hasta que he podido desarrollar un criterio propio a partir de mi experiencia personal con clientes.

Por otra parte, recientemente tuvo lugar un debate en la «blogosfera productiva» sobre hasta qué punto se debe, o se puede, «llevar la contraria» a un cliente. La idea-resumen que yo me llevé de este debate es que, en realidad, prácticamente nadie cree sinceramente que los clientes siempre tengan razón, lo que ocurre es que hay quienes piensan que es una mala estrategia comercial no dársela y quienes piensan lo contrario.

Como consultor artesano, uno de los retos a los que aún debo enfrentarme en ocasiones – pocas, afortunadamente – es el de «hacer lo correcto» que, para mí, tiene mucho que ver con actuar de forma coherente con mis valores y mi propósito. Un ejemplo de esto son determinadas situaciones con clientes. A veces, el miedo a enturbiar una buena relación con un cliente o a echar a perder una oportunidad comercial prometedora me sigue generando la tentación de darle la razón o, al menos, de callarme en lugar de llevarle la contraria. He avanzado mucho en este tema a lo largo de los años pero reconozco que todavía no he conseguido superarlo por completo.

Los fracasos han jugado un papel crucial en el proceso de aprendizaje. Al principio de mi actividad como consultor artesano cometí el error, en repetidas ocasiones, de dar la razón al cliente en situaciones en las que sabía con certeza que lo que el cliente me estaba pidiendo era un sinsentido. Algunos ejemplos de esto – tengo muchos más – pueden ser dar una charla sobre productividad personal a la mañana siguiente de la cena de Navidad (error garrafal en el que, para colmo, he sido reincidente) o intentar explicar la esencia de GTD en cuatro horas.

Constatar sistemáticamente que los clientes también se equivocan y cometen errores vino a confirmar uno de mis principios como artesano: el cliente solo sabe de algunas cosas, al igual que yo solo sé de otras. A partir de ahí, y aunque a veces sigue costándome un poco, cada vez me ha resultado más fácil evitar la cómoda tentación de dar la razón al cliente. No, señor o señora cliente, aunque usted crea que sí, lo que usted denomina su «problema grave» de efectividad – personal u organizativa – no se soluciona con una «píldora formativa» de dos horas. Eso – lo sé por experiencia – es una pérdida de tiempo y de dinero.

La buena noticia se produce cuando descubres que no dar sistematicamente la razón al cliente puede producir excelentes resultados. Han sido ya varios los clientes que, pasado un tiempo, han reconocido que estaban equivocados y que mi firmeza ante determinados aspectos – hasta el punto de arriesgar la oportunidad comercial con ellos – fue lo que les convenció finalmente a brindarme esa oportunidad de colaboración. Eso significa que la honestidad y la coherencia también tienen un valor para muchos clientes.

Cuando vas al médico sabes que te encuentras mal y que quieres curarte. Eso lo tienes claro. Sin embargo, ignoras las causas por las que te sientes mal, del mismo modo que ignoras qué posibles tratamientos existen y cuál es el más indicado para ti. Como cliente del médico, ¿siempre tienes razón? Bueno, sí y no, depende de sobre qué. Evidentemente tú sabes mejor que el médico qué te duele y dónde, luego en eso sí que tienes siempre razón. Y también sabes con certeza que quieres curarte. En eso también tienes razón. Pero si decides diagnosticarte o automedicarte, muy probablemente te equivoques, porque te falta la información, los conocimientos y la experiencia necesarios para hacerlo, así que ahí careces de razón alguna.

Lo mismo pasa con los clientes. Una cosa es saber qué quieres y otra, muy distinta, es saber qué necesitas o, incluso, saber cómo conseguir lo que quieres. A veces, los clientes creen, o quieren creer, que saben por qué les ocurre lo que les ocurre, qué necesitan para solucionarlo y cómo debe hacerse para conseguirlo. Y, a veces, es posible que sea así pero, por lo general, están equivocados. Los que saben por qué les ocurre lo que les ocurre, qué necesitan para solucionarlo y cómo debe hacerse son los profesionales solventes que se dedican expresamente a ello. Los clientes solo saben lo que quieren.

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