Efectividad personal: Tu defensa contra las exigencias

En uno de los comentarios al post que publicaba hace unos meses bajo el título «Cómo puedes evitar tú el estrés laboral», Xose, un lector, mencionaba la existencia actual de unos niveles de exigencia y autoexigencia hasta ahora desconocidos y que, en su opinión, seguramente contribuyen al incremento del estrés. El tema me pareció lo suficientemente interesante como para escribir este post.

El argumento de Xose es que, a día de hoy, hay un enorme contraste entre los retos que nos imponemos y nuestra capacidad real para conseguirlos, y que esta situación contribuye a generar estrés. Ya no solo se nos exige ser profesionales excelentes, sino que además hay que vestir a la moda, comer sano, hacer deporte regularmente, expresar nuestra creatividad, defender alguna causa noble y, en definitiva, seguir una serie de patrones sociales aceptados como indicadores de una «vida perfecta».

Comentaba también Xose que ha empezado a aparecer un nuevo tipo de libro, de moda en USA, y que poco a poco está llegando a Europa. Se trata de una especie de libros de «anti-ayuda», cuyo tema central es precisamente la necesidad de relajar un poco estos niveles de autoexigencia y aceptar que tener una vida perfecta es imposible, además de innecesario, y que lo único importante es que sea una buena vida.

Una de las causas de estrés es el «error de cálculo». El cerebro es francamente malo haciendo estimaciones. Por lo general, tiende a sobreestimar determinados factores y a infraestimar otros. Por ejemplo, nuestro cerebro suele hacernos creer que las consecuencias son peores de lo que realmente serían o que nuestras capacidades son muy superiores a cómo son en realidad. Por el contrario, suele hacernos pensar que las cosas son más fáciles de lo que realmente son y que van a requerir menos tiempo y esfuerzo del que en realidad van a requerir.

Tú ya conoces, porque las has sufrido, las consecuencias negativas de estos errores de cálculo: estrés, frustración, pérdida de confianza…

¿Cómo puede la efectividad personal ayudar en esta situación? Como veíamos en el post sobre cómo puedes evitar tú el estrés laboral, hay una serie de hábitos sencillos, al alcance de cualquier persona, que permiten mantener el enfoque y la sensación de control en un mundo en constante cambio. También existen otros hábitos sencillos que ayudan a lograr y mantener una perspectiva global de todos nuestros intereses, obligaciones, deseos y responsabilidades.

Dice acertadamente David Allen, el conocido autor de GTD®, que «puedes hacer cualquier cosa, pero no puedes hacerlas todas a la vez». La clave, por tanto, es disponer en todo momento del nivel adecuado de claridad y confianza para tener la tranquilidad de saber que lo que has elegido hacer es precisamente lo que tienes que hacer, y no cualquier otra cosa.

Las exigencias, tanto las autoimpuestas como las impuestas externamente, se abren hueco en nuestra vida precisamente por esta falta de perspectiva. A menudo olvidamos a qué nos hemos comprometido con anterioridad, tanto si han sido compromisos con otras personas como propios. Por lo general, tan solo disponemos de una visión parcial de lo más reciente. Todo lo demás que en algún momento anterior, consciente o inconscientemente, decidimos que queríamos, debíamos, o teníamos que hacer, o no hacer, queda normalmente en la penumbra.

En esta situación de desinformación permanente, es fácil que las exigencias se logren imponer. Lo más nuevo y lo más ruidoso suele ser interpretado por nuestro cerebro como lo más importante (otro error de cálculo más). En ausencia de un sistema externo de confianza que ponga las cosas en su sitio, el cerebro carece de recursos para rechazar estas nuevas exigencias y, por tanto, las acepta.

La solución a este problema es muy sencilla. Necesitamos disponer de un sistema externo de confianza que le dé información fiable al cerebro sobre todos esos compromisos, intenciones, ideas, posibilidades, objetivos y propósitos previos, a fin de que éste pueda aceptar o rechazar la nueva exigencia, con la confianza de que está haciendo lo correcto y lo más adecuado en todo momento.

Decir «no» a una exigencia, tanto interna como externa, es en realidad muy fácil cuando tienes claras las consecuencias positivas de ese «no» desde una perspectiva global. Lo esencial es entender que todo «no» es un «sí» y que todo «sí» es un «no». Cuando dices «sí» a una nueva exigencia es muy probable que, sin ser consciente de ello, estés diciendo «no» a otras exigencias a las que anteriormente habías dicho «sí». Y lo mismo sucede a la inversa.

Cuando dispones de una perspectiva global y actualizada de cuál es tu propósito, tus valores y principios, la visión de tu vida a largo plazo, las metas y objetivos que te acercan a esa visión, tus áreas de enfoque y tus compromisos a corto y medio plazo, te resulta fácil poner en contraste con todo lo anterior esa nueva exigencia que aparece y ubicarla en el lugar que le corresponde. Nuestra capacidad es limitada, por lo que, a menudo, aceptar una nueva exigencia se traducirá en renegociar nuestro compromiso con alguna exigencia anterior y renunciar a ella para dar paso a la nueva.

Más que decir «no» a las exigencias, el verdadero reto es ser capaces de decir «no» y sentirnos bien con ello. Tener perspectiva ayuda a superar este reto, ya que nos da claridad sobre las implicaciones de ese «no» y, en concreto, a qué otras cosas estamos diciendo «sí» gracias a él.

Como reflexión final, en realidad las exigencias no existen. Solo existen «inputs», «cosas» que llegan a nuestro radar o a nuestra vida y ante las que tenemos que tomar una decisión. La exigencia como tal no es más que un determinado tipo de sensación o de emoción que podemos experimentar durante este proceso de toma de decisiones cuando no se dan las condiciones adecuadas para decidir con confianza.

Si has desarrollado la competencia de la efectividad personal, sabrás que es posible reaccionar de forma equilibrada, sin sobrerreaccionar ni infrarreaccionar, decidiendo con tranquilidad y confianza cuál es la opción más adecuada. Cuando esto ocurre, la sensación de exigencia desaparece. Si aún no has trabajado el desarrollo de esta competencia, te invito a que lo hagas. Son hábitos sencillos, de eficacia probada, y al alcance de cualquier persona. Sin duda, tu mejor defensa contra las exigencias.

Tres creencias erróneas sobre tecnología y efectividad

Dice Wikipedia que tecnología es el conjunto de conocimientos técnicos, científicamente ordenados, que permiten diseñar y crear bienes y servicios que facilitan la adaptación al medio ambiente y la satisfacción de las necesidades esenciales y los deseos de la humanidad.

Por su parte, la competencia a la que llamamos efectividad personal puede definirse como el conjunto de comportamientos observables habituales asociados a la consecución eficaz y eficiente de resultados. A la vista de ambas definiciones, parece evidente que la relación entre tecnología y efectividad es muy amplia.

Sin embargo, a menudo observo lo que parece una tendencia creciente a confundir la tecnología con una fracción mínima, casi anecdótica, de sí misma. Un peligroso proceso de simplificación y desinformación que parece incluso hasta intencionado o, al menos, favorecido por determinados intereses económicos.

Este proceso de desinformación, cada vez más frecuente, está dando lugar a la aparición y consolidación de creencias erróneas muy peligrosas, ya que se están convirtiendo en un freno, cuando no en un obstáculo, para que la tecnología logre su propósito indicado anteriormente. De entre estas creencias erróneas, hay tres cuyo impacto me parece particularmente preocupante y que paso a comentar a continuación.

La tecnología aumenta la efectividad

Esta afirmación es, evidentemente, falsa. La tecnología aumenta la efectividad únicamente cuando se aplica de manera adecuada. Si la tecnología no se aplica, se aplica parcialmente o se aplica de manera inadecuada, la efectividad puede no solo no aumentar, sino incluso disminuir. Un claro ejemplo de esto es el email, una tecnología que, a pesar de su indudable utilidad potencial, se ha convertido a día de hoy en uno de los principales agujeros negros productivos en la mayoría de las organizaciones.

La creencia de que la tecnología por sí misma aumenta la efectividad es tremendamente peligrosa, porque conduce a que el énfasis se ponga en la «disponibilidad» de la tecnología en lugar de en el «uso efectivo» de la misma. Lo que quiero decir con esto es que parece que lo importante es «tener» la tecnología, al margen de que luego se sepa aplicar o utilizar de forma adecuada.

Volviendo al ejemplo anterior, cuando apareció el email, la mayoría de las organizaciones dedicó recursos a formar a sus personas en las características de las aplicaciones de email (qué se podía hacer con él), pero muy pocas dedicaron recursos a formar en el uso efectivo del mismo (buenas prácticas acerca de cómo, cuándo o para qué usarlo o no usarlo).

La tecnología son herramientas

Otra afirmación que es falsa. Las herramientas, o artefactos, suponen tan solo una mínima parte de la tecnología. Sí, es cierto que, posiblemente, sean una de las partes más visibles para el gran público, pero de ahí a creer que la tecnología son solo los artefactos tecnológicos hay una gran diferencia.

La tecnología es esencialmente conocimiento, es decir, intangibles. Las herramientas son uno de los posibles resultados tangibles de la aplicación de dicho conocimiento. De hecho, en muchos casos, los artefactos requieren a su vez una tecnología adicional complementaria (es decir, otro conocimiento) para poder utilizarse de manera efectiva.

Reutilizando el ejemplo del email, la creencia errónea de que la tecnología es la herramienta, es decir, los servidores y los clientes de email, tiene mucho que ver con la deplorable situación que vive esta tecnología en las organizaciones actuales. Al obviarse el resto de la tecnología necesaria para el uso efectivo del email, lo que tenemos es que la herramienta por sí sola, lejos de aumentar la efectividad de los profesionales, la disminuye.

Una de las claves para el aprovechamiento efectivo de cualquier artefacto tecnológico es tener claro que la efectividad procede de «cómo» lo utilizas, no tanto de si lo utilizas o no. De hecho, como decía antes, si utilizas mal las herramientas o artefactos tecnológicos tu efectividad puede ser incluso menor que si no los utilizaras.

La mejor tecnología es digital

En línea con la creencia errónea anterior, son muchas las personas convencidas de que los gadgets, aplicaciones y, en general, todos los artefactos tecnológicos de carácter digital son «lo mejor». El rechazo creciente hacia tecnologías tildadas de «antiguas», «lentas» o «básicas», como el lápiz y el papel, es un buen ejemplo de ello.

La realidad sin embargo es bien distinta. La mejor tecnología es aquella que mejor sirve a su propósito, es decir, la adaptación al medio ambiente y la satisfacción de necesidades y deseos. Un artefacto poco útil para el propósito que persigue puede ser simultáneamente muy entretenido de usar. También es posible lo contrario. La utilidad de una tecnología y lo entretenido que resulta su uso o aplicación son características independientes y a menudo distintas.

La mejor tecnología para la mejora de la efectividad personal casi nunca es digital, ni siquiera analógica. De hecho, la mejor tecnología para mejorar la efectividad personal es intangible, ya que resulta de la aplicación práctica de una serie de conocimientos. Cuando estos conocimientos se aplican de forma consistente y automática, se convierten en hábitos, es decir, comportamientos observables que, a su vez, dan lugar a lo que se conoce como competencias.

Dicho de otro modo, podríamos afirmar que la mejor tecnología para la mejora de la efectividad personal es la «tecnología competencial», es decir, la capacidad de desarrollar los comportamientos efectivos adecuados para cada circunstancia.

Apelando nuevamente al ejemplo del email, una persona con la «tecnología competencial» adecuada logrará un uso incomparablemente más efectivo del mismo que otra con una «tecnología competencial» inferior, por mucho que la primera utilice una versión antigua de un software mediocre de email en un viejo ordenador y la segunda utilice la última versión del software de email más sofisticado en un dispositivo digital de última generación.

Conclusiones

Frente a la tendencia creciente a confundir determinados artefactos tecnológicos con la tecnología, es importante destacar el papel fundamental que juegan los conocimientos que han permitido no solo la aparición de dichos artefactos tecnológicos, sino que son también la llave para un uso efectivo o inefectivo de los mismos.

Aunque las tres creencias erróneas que acabamos de ver parecen indicar lo contrario, lo cierto es que la mejor tecnología para mejorar la efectividad personal es aquella a la que se accede en forma de conocimientos y luego se aplica de forma sistemática y consistente hasta convertirla en hábitos.

Usar modernos artefactos tecnológicos puede hacerte parecer una persona más moderna y sofisticada, pero si careces de la «tecnología competencial» adecuada para sacarles partido, su simple posesión para nada te convierte en una persona más efectiva.

#efectividad2017: Una vez que te integras, ves realmente la diferencia

Esta es la quinta de las entrevistas que en OPTIMA LAB estamos realizando desde enero de 2017 con motivo del «año de la efectividad».

Hoy entrevistamos a Javier Morales, Informático de profesión y Jefe de Área en el Ministerio de Energía, Turismo y Agenda Digital, donde actualmente gestiona programas de fomento de I+D en el ámbito tecnológico-digital, llevando proyectos innovadores y disruptivos para conseguir una gestión más eficaz de dichos programas.

Conocí a Javier en un taller de Efectividad Personal hace tres años y me llamó la atención el entusiasmo e interés con el que participó en el mismo, como si fuera algo que llevaba tiempo esperando encontrar. Pero lo más espectacular fue cuando, al finalizar el taller, me envió una versión mejorada y con notas adicionales del workflow que habíamos estado utilizando. Sinceramente, creo que es uno de los workflows más interesantes de los que he visto hasta la fecha. Te recomiendo que le eches un vistazo, porque lo  merece. Puedes bajártelo aquí y usarlo, ya que Javier lo publicó con licencia Creative Commons.

En esta entrevista, Javier comparte con nosotros cómo llegó a la efectividad personal y cómo su GTD® se ha ido adaptando de manera fluida a los múltiples cambios y circunstancias que le han ido sucediendo, tanto en el aspecto profesional como en el personal. Te invito a que disfrutes de su lectura.

Javier, ¿cómo llegaste al mundo de la efectividad personal?

Al mundo de la efectividad personal llegué de la mano de un curso de formación que se ofrece en mi Ministerio y que es sinónimo de éxito asegurado edición tras edición. El curso lo impartía José Miguel Bolívar y fue donde aprendí todo lo que sé ahora sobre la metodología GTD®.

Todo Ministerio tiene un plan de formación, que consiste en una serie de cursos que se imparten para el personal, y hay ciertos cursos que nos recomendamos unos compañeros a otros. Mucha gente que conozco había hecho este curso y me lo recomendaba encarecidamente.

Con los años, las responsabilidades aumentan y lo que antes era gestionar momentos de ocio, en poco tiempo se convierte en gestionar más trabajo, más tareas, la familia, los peques, etc, y todo eso son cajas disjuntas que se mezclan de forma muy aleatoria y que hay que tener controladas.

De todo lo que he aprendido en mis años de experiencia laboral es que los entornos de trabajo colaborativos son el presente por su agilidad, dinamismo y proactividad, pero a la vez son entornos más difíciles de gestionar y es más complejo controlar las tareas que están en «tu tejado» y las que están en «el tejado de otros», la famosa lista «A la espera» de GTD®. Y, sobre todo, ser capaz de recordarlas.

Dentro de mi ámbito profesional yo ya comenzaba a sentir la necesidad de organizarme siguiendo alguna metodología. Además, mi cabeza ya no daba de sí para gestionar tantas cosas y, entre el aumento de responsabilidades en el ámbito personal (casa, reforma, coche, matrimonio, hijos, etc) y el profesional (más tareas, más personas, más grupos, más proyectos), siempre se me quedaba algo pendiente, de lo que ni me acordaba.

Con esta sensación vivía el día a día, cuando salió la convocatoria del curso de efectividad personal, así que no dudé en solicitarlo.

¿Cómo fueron tus «primeros días» al iniciarte en el mundo de la efectividad personal?

Yo ya llegaba al mundo de la efectividad personal con cierta sensación de descontrol sobre mi día a día, así que aprendí con muchas ganas todo lo relacionado con el mundo #GTD y comencé a implantarlo incluso antes de finalizar el curso.

Aunque por lo general se indica que comenzar a implantar #GTD es complicado, sobre todo, por el tema de las revisiones semanales y la más que posible sensación de descontrol, mi primera sensación fue de alivio porque veía que comenzaba a controlar mis tareas en una única herramienta, sin necesidad de tenerlo todo en mi cabeza y repasarlo continuamente.

¿Cuáles fueron los principales obstáculos con los que te encontraste? ¿Cómo los superaste?

Si hablamos de obstáculos, podemos enumerar unos cuantos.

Uno de los principales que me encontré fue la decisión de cómo implantar la metodología: si utilizar una libreta física o hacerlo con alguna aplicación, tipo Outlook. Es verdad que siempre se puede cambiar, y si no te va bien una cosa, pruebas otra, pero siendo un novato y recién terminado el curso, quieres hacer las cosas bien desde el principio, aunque te hayan dicho cientos de veces que no lo vas a conseguir y que esto es un trabajo de repetir, repetir y repetir.

Puede parecer que al ser informático de profesión la decisión estaba clara y la libreta no parecía una opción, pero tenía muchas dudas sobre qué aplicación utilizar. Veía que el Outlook podía ser buena opción, porque utilizo el PC y el Outlook de forma masiva en el trabajo, pero fuera de él utilizo el correo del móvil (sin tareas, ni la configuración GTD®) y si utilizaba cualquier otra aplicación móvil, en el trabajo tendría que estar pendiente del móvil. Por otro lado, la libreta física podía no gozar de las ventajas que ofrece una aplicación informática, pero la tenías siempre ahí y podías consultarla en cualquier momento, sin esperar a encender el ordenador o el móvil.

Otro obstáculo que me encontré y al que me tuve que enfrentar era decidir si utilizaba un único sistema GTD® para todo o mantenía dos sistemas paralelos: uno para el ámbito personal y otro para el profesional. Aunque la tecnología se empieza a imponer, y somos muchos los que ya contamos con acceso al correo corporativo o a la aplicación de mensajería instantánea del Ministerio en el móvil, el trabajo dentro de la Administración está muy localizado en un espacio del día muy determinado, y yo veía que no tenía mucho sentido compartir el mismo sistema de GTD® para dos mundos tan independientes, así que opté por utilizar Outlook en el trabajo y WunderList en casa.

¿Cuáles son los logros que te ha causado una mayor satisfacción conseguir?

El primer logro que me ha causado mayor satisfacción y que no tiene mucho que ver con la propia metodología fue conseguir resumir GTD® en un gráfico. Como he dicho antes, con los años y con el aumento de responsabilidades me he vuelto muy organizado y siempre que puedo intento resumir las tareas y lo que aprendo con esquemas. Si quería implantar con éxito la metodología GTD®, para mí era fundamental tener un sitio en la pared del despacho que resumiera qué tenía que hacer en cada momento y poder consultarlo siempre que quisiera.

Un logro que no me costó mucho adquirir y que poca gente le da la importancia que le damos con estas metodologías es el de quitar las notificaciones del móvil. Aunque también puede ocurrir que si no eres consciente de ello, acabes consultando el móvil más a menudo que cuando las tenías. Lo que aprendí es que es igual de importante quitar las notificaciones del móvil que establecer los momentos del día en que lo consultas.

Otro logro del que me siento orgulloso es haber sido capaz de montar las dos bandejas físicas en una zona de la casa: una bandeja para mi mujer y otra para mí. ¡Y nos funciona! Yo le voy dejando allí papeles que considero que ella debe revisar y gestionar y viceversa. Y cada cierto tiempo cada uno de nosotros de forma independiente revisamos nuestras bandejas y las limpiamos de papeles. Se trata de temas que no corren prisa, ni van a caducar, pero que es necesario gestionar de alguna manera.

El último logro del que me siento orgulloso es haber sido capaz de adaptar la metodología a mis necesidades personales y seguir utilizándola años después, incluso habiendo cambiado de circunstancias: ahora tengo niños y he cambiado de trabajo. José Miguel te enseña una metodología pero lo mejor es que aprendes unas herramientas y cómo adaptarlas a tu forma de ser, de pensar y de trabajar. Hay ciertas reglas que se deben seguir, pero luego hay muchas cosas muy adaptables para que cada persona gestione sus tareas de la mejor manera posible.

¿Cómo ha contribuido la mejora de tu efectividad personal en tu entorno y/o en tu organización?

En mi entorno como ya he dicho con pequeños cambios como el de contar con dos bandejas físicas.

Y en mi organización, al ser varias personas las convencidas del uso de estas metodologías, una vez que te integras, ves realmente la diferencia. Antes de hacer el curso te sorprendía lo bien controlado que lo tenían todo en las reuniones y en general, pero no sabías por qué y después de hacer el curso pasabas a formar parte de este grupo de personas.

Además, estamos intentando implantar en nuestro trabajo metodologías ágiles de gestión de proyectos, muy próximas a todo este mundo.

¿Qué tipo de reacciones has observado en las personas que te rodean a raíz de tu nueva manera de trabajar?

Sobre todo, la de ver que tienes todo tu entorno de trabajo perfectamente controlado. Siempre pongo el mismo ejemplo, pero el hecho de mandar un correo solicitando algo y no apuntarlo en ningún lado podía implicar olvidarlo y ni siquiera saber realmente si tú habías hecho tu trabajo. Ahora con GTD® soy capaz de recordarle a los demás «¿qué hay de lo mío?», y eso es estupendo.

¿Qué hábito en particular destacarías como especialmente útil o valioso para ti?

Poder ir a una herramienta al comienzo del día y repasar el estado de mis tareas, antes de ponerme a hacer cosas a lo loco que recuerdo que se quedaron sin hacer del día anterior.

Y el hábito que sin duda ha supuesto un cambio radical para mí es el de procesar y los contextos: que se te ocurra algo, pienses dónde lo vas a hacer, lo incluyas en su contexto correspondiente y hacerlo cuando te encuentres en ese contexto.

¿Cómo convencerías a un amigo de que se anime a mejorar su efectividad personal?

Comentándole mi experiencia personal y que con los años uno va asumiendo responsabilidades que van cargando cuerpo y mente. Con tantas cosas que gestionar, es fundamental aplicar este tipo de metodologías de una u otra manera, sobre todo para ganar en tranquilidad personal.

¿Alguna anécdota, que quieras compartir, respecto a tu proceso de mejora, o como consecuencia de haber conseguido ser una persona más efectiva?

La mayor anécdota relacionada con el mundo #GTD que me ha ocurrido fue que después de hacer el curso algunos compañeros de trabajo asistieron a la siguiente edición y al terminar me comentaron que José Miguel les puso de ejemplo el esquema que yo había hecho.

Por último, unos cuantos frikis de la metodología GTD® trabajamos juntos y hemos montado un sistema GTD® común utilizando la herramienta de Microsoft OneNote. Diariamente de forma personal, y semanalmente en grupo, revisamos las tareas de cada uno en base a contextos/proyectos y vamos avanzando. Además, estamos comenzando a implantar Scrum como metodología ágil de gestión de proyectos. Todo un reto dentro de la Administración.

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