Lo puedes leer en aprox. 2:44 minutos Si preguntáramos a una muestra variada de profesionales de la función de Recursos Humanos y de managers si RRHH debe “ayudar al negocio”, es más que probable que nos encontráramos con una abrumadora mayoría de respuestas afirmativas.
Sin embargo, si continuáramos pidiendo a esas mismas personas que nos explicaran con algo más de detalle en qué consiste eso de “ayudar al negocio”, la variedad de respuestas distintas sería llamativa, a la vez que preocupantemente elevada. Digo preocupantemente porque si no está claro en qué consiste exactamente “ayudar al negocio”, es fácil que se produzcan situaciones absurdas. Por citar un par de ejemplos, de entre los muchos posibles, podría ocurrir que RRHH estuviera realmente ayudando al negocio sin que éste fuera consciente de ello o que RRHH estuviera convencido de ser una gran ayuda y en realidad no ser más que un estorbo. Estos ejemplos que planteo como posibilidad son en realidad algo habitual en buena parte de las empresas y organizaciones actuales y uno de los factores principales a la hora de explicar el descrédito de la función de Recursos Humanos y la frustración y desmotivación de muchos de sus profesionales. Y es que hay pocas cosas tan potencialmente dañinas para la satisfacción de las personas como unas expectativas mal establecidas. En el caso de los profesionales de línea y directivos, no es extraño descubrir que “ayudar al negocio” se intrepreta a menudo de una forma un tanto infantil y simplista. Desde confundir a RRHH con una assistant personal que debe lidiar con los aspectos más procedimentales y menos “glamourosos” del día a día de la gestión de personas, a entender que la mejor forma de ayudar por parte de RRHH sería directamente “no existir” y “dejarles trabajar”, entendiendo todo esto como poder campar a sus anchas en las llanuras del cortoplacismo y la más absoluta falta de liderazgo. Por otra parte, en el caso de los profesionales de Recursos Humanos, tampoco es extraño descubrir que “ayudar al negocio” significa “tocarle las narices” (eso sí, “por su bien”) para que se cumpla escrupulosamente con calendarios absurdos establecidos sin el menor criterio o con normativas ridículas ajenas a la realidad del día a día, o para que se asuman como propias decisiones difícilmente explicables y se pronuncien discursos que atentan contra la inteligencia de críos de tres años. Tampoco quiero pecar de alarmista, porque este tipo de situaciones suelen existir, en mayor o menor grado, en casi todas las organizaciones y puede considerarse algo relativamente normal. La situación debe preocupar cuando ya no se limita a algún que otro “iluminado” aislado de RRHH o a un par de managers más o menos “gañanes”, sino que se ha extendido y tiene lugar de forma generalizada en toda la organización. No debería suceder pero sucede y, cuando ocurre, es síntoma de un pésimo liderazgo por parte de la Alta Dirección y requiere de acción inmediata. Estamos ante una situación grave, no solo porque genera conflicto, ruido y frustración en toda la organización sino, principalmente, porque impide que Recursos Humanos pueda realizar su misión. Para evitar llegar a estos extremos, es clave que tanto los profesionales de Recursos Humanos como los managers entiendan que ambas partes, línea y RRHH, no solo forman parte de un mismo sistema, sino que están del mismo lado de la ecuación y que por tanto ninguno de ellos está al servicio del otro ni supeditado a él. Línea y RRHH no son enemigos sino aliados naturales que se necesitan el uno al otro. Aunque lo hagan desde frentes distintos y con perspectivas complementarias, todos sus profesionales trabajan, o deberían trabajar, para un mismo cliente, el futuro de la organización, y por eso su obligación mutua es colaborar por encima de opiniones e intereses particulares para, conjuntamente y de verdad, poder “ayudar al negocio”. Lo puedes leer en aprox. 2:22 minutos  Organized Chaos, cortesía de Let Ideas Compete La lógica de la productividad personal con GTD te dice que mejorarla depende de gestionar mejor tus compromisos. ¿Por qué? Porque, sin ayuda, tu mente tiene una capacidad muy limitada a la hora de organizar estos compromisos y eso la convierte en un problema para tu productividad. ¿Qué significa esto en la práctica? Es sencillo. Tu mente esta diseñada para pensar, no para gestionar tus compromisos. En este sentido, lo único que tu mente es capaz de discernir es si un compromiso está a) gestionado o b) sin gestionar. Y si está sin gestionar, lo que tu mente entiende que debe hacer con él es recordártelo cada cierto tiempo. Muchas personas sobrevaloran la inteligencia de la mente. Pero los hechos son abrumadores y demuestran que, por desgracia, a la hora de ayudarnos con nuestra productividad, nuestra mente no es tan “lista”. De hecho, si no fuera porque la mente no tiene personalidad propia, a menudo cabría pensar que es un tanto puñetera. Porque a ver, ¿cuándo te acuerdas tú de que tienes que comprar pilas para esa linterna que lleva meses por casa con las pilas gastadas, cuando vas por el pasillo de pilas del supermercado o cuando se va la luz en tu casa? Si tu mente fuera medianamente espabilada para estos temas, lo suyo es que te recordara comprar pilas siempre que pasaras cerca de un sitio en el que venden pilas y tuvieras tiempo y dinero para hacerlo. Pero no. Tu mente te recuerda una y otra vez que tienes que comprar pilas cuando no puedes comprarlas. Si te paras a pensarlo un momento, observarás que con frecuencia te acuerdas de cosas que tienes que hacer y rara vez sucede en unas circunstancias en las que puedes hacer algo al respecto. ¿Te das cuenta de lo tremendamente frustrante que puede llegar a ser esto? Porque reconocerás que acordarte de cosas sobre las que no puedes hacer nada solo sirve para perder el tiempo y agotar tu energía. Confiar en la capacidad de la mente para recordarnos lo que tenemos que hacer es una mala estrategia, ya que hay estudios que demuestran que tu memoria a corto plazo no puede encargarse de recordar siquiera una docena de elementos sin perder el contexto y olvidarlos todos. Por muy buena memoria que creas tener. Porque además, la mente es una herramienta realmente incompetente tomando decisiones sobre la marcha, ya que está sujeta a múltiples sesgos. Por ejemplo, lo último que te ha llegado o lo que más carga emocional implica, como por ejemplo algo que te pide tu jefe, tu pareja o un cliente crítico, siempre le parecen más prioritarios que otros asuntos menos ruidosos, más neutros emocionalmente o que llegaron hace más tiempo.. Por otra parte, la fracción de la mente que usas para localizar y gestionar compromisos no tiene una noción clara del tiempo, de qué es pasado o futuro, así que simplemente se dedica a recordarte periódicamente que ese compromiso sigue pendiente. Por tanto, gestionar mejor tus compromisos es algo que no vas a poder hacer con tu mente. ¿Qué opciones te quedan entonces para mejorar tu productividad personal? Parece que lo más efectivo es ofrecerle alternativas a tu mente que le resulten lo suficientemente fiables como para que deje de recordarte constantemente cosas que no puedes hacer… Y ahí GTD tiene mucho que ofrecer  Lo puedes leer en aprox. 2:33 minutos  BulbHead > brain, cortesía de Miguelángel Guédez En los últimos años ha crecido el interés por la inteligencia emocional, lo que tradicionalmente se ha venido llamando sentido común, entendiendo que la capacidad de reconocer, controlar y dirigir los sentimientos guarda una estrecha relación con la eficacia personal y los resultados profesionales. Además, en la medida que somos cada vez más sociales, la comunicación, el trabajo, el aprendizaje colaborativos y, en general, las relaciones bien gestionadas, ponen de manifiesto la importancia de este tipo de inteligencia. Sin embargo, el auge de la inteligencia emocional no supone el abandono, ni la relegación a un segundo plano, de la inteligencia tradicional o inteligencia mental, ya que este otro tipo de inteligencia es igualmente necesaria. Si la inteligencia emocional consiste en comprender y manejar nuestros sentimientos, la inteligencia mental consiste en comprender y manejar nuestros pensamientos. Dice David Allen que lo que ocurre no es que la gente no tenga capacidad para pensar, sino que simplemente no lo hace, o no piensa tan eficazmente como podría, porque sus “tuberías mentales” están atascadas. Yo, por mi parte, añado que las tuberías se atascan por dejadez y falta de uso. El problema de negarte a pensar eficazmente, incluso sobre cosas cotidianas y en principio poco trascendentes, es que puede producir un impacto negativo sobre tu eficacia, del mismo modo que ocurriría si reaccionaras de forma exagerada, o no reaccionaras en absoluto, a nivel emocional. Por eso es tan importante no olvidar la relación que existe entre lo que piensas y lo que sientes. Porque del mismo modo que cómo te sientes influye en cómo piensas, también es cierto que cómo piensas influye en cómo te sientes. La mayoría de las personas deja que sea su mente la que dirige el caos de su cabeza. Lo malo es que la mente tiene la mala costumbre de recordarte las cosas cuando no puedes hacer nada al respecto. Por ejemplo, ¿cuándo te acuerdas de que tienes que comprar pilas, cuando vas por el pasillo de pilas del supermercado o cuando vas a encender la radio que se quedó sin pilas la última vez que la usaste? Pensar en las cosas no equivale a hacer algo con ellas. Existe la misma diferencia que entre decidir hacer algo y hacerlo realmente. Constantemente pensamos en cosas, e incluso tomamos decisiones sobre ellas, pero con frecuencia no hacemos finalmente nada al respecto. Nos preocupamos mucho pero nos ocupamos poco. En realidad todas las personas saben pensar. Lo que ocurre es que muy pocas saben cuál es su proceso concreto de pensamiento. Esto se debe a que “saber pensar” es un conocimiento tácito. Y es una pena, porque muchas personas son muy buenas pensando en determinadas áreas de su vida pero no son capaces de aplicar esa misma forma de pensar a otras áreas porque no saben cómo hacen lo que hacen. Lo que aporta GTD es la forma de convertir ese conocimiento tácito en conocimiento explícito, replicable. GTD convierte esas prácticas aparentemente inexplicables en un proceso consciente, comprensible y que se puede enseñar y aprender. Esto es una excelente noticia, porque en la medida que nuestras realidades y compromisos se vuelven más sutiles y ambiguos en unas vidas cada vez más complejas, saber conseguir y manejar el enfoque cobrará una relevancia cada vez mayor. Porque para hacer que todo funcione, necesitas pensar más en cómo piensas y en cómo aplicas esa conciencia en cada área de tu vida. Y cuando todo funciona, ¿cómo te sientes? Por eso, aprender a pensar mejor es aprender a sentirte mejor. | | |
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