Lo puedes leer en aprox. 2:54 minutos  Bustling Beijing, cortesía de Trey Ratcliff Es probable que hayas oído hablar en alguna ocasión sobre inteligencia colectiva, un tipo de inteligencia que surge de la colaboración entre individuos y que se ha visto muy favorecida y potenciada con la llegada de la llamada Web 2.0, al facilitar ésta enormemente tanto el acceso a la información como la co-creación de contenidos por parte de los llamados prosumidores. Entre las principales ventajas de la inteligencia colectiva destaca el hecho de que suele permitir llegar a conclusiones mejores que las que obtendrían los miembros integrantes de dicha colectividad de forma individual. En otras palabras, los sesgos e imperfecciones individuales se diluyen dando lugar a un rendimiento intelectual mejorado. Lo que probablemente no sea tan conocido es que la inteligencia colectiva mejora con la colaboración pero empeora con la cooperación. Dicho de otra forma, la inteligencia colectiva se ve potenciada por el trabajo en red, pero se ve perjudicada por el trabajo en equipo a consecuencia de la aparición del pensamiento de grupo. Seguro que este dato no sorprende a expertos en redes como Eugenio Moliní pero apostaría a que es algo desconocido en la mayoría de las organizaciones tradicionales que siguen operando ancladas en el paradigma del control. La primera conclusión que se puede extraer de lo anterior es que cuanto más dirigida esté la gestión del conocimiento, menos favorecida se verá la inteligencia colectiva. Esto no significa que las organizaciones no deban hacer nada al respecto. Más bien, al contrario, significa que deben cambiar de actitud, controlando menos e implicándose más en la creación de espacios colaborativos. La siguiente conclusión tiene que ver con el hecho de que la inteligencia colectiva es superior precisamente por ser colectiva. Esto implica que el conocimiento individual pierde relevancia y pasa a segundo plano. Nadie ha sido nunca imprescindible pero ahora lo es aún menos. Las organizaciones deben por tanto desmitificar el valor del conocimiento individual y superar su obsesión por capturarlo y retenerlo. Fomentar el trabajo colaborativo como nueva forma de enfocar la gestión del conocimiento es una estrategia acertada, pero siempre teniendo en cuenta que lo que aporta valor es la existencia, el dinamismo y la actividad de las Comunidades de Práctica (a las que me referiré como CoPs durante el resto de la entrada) y no tanto el conocimiento que sus miembros vuelcan en wikis, foros y herramientas de colaboración. La salud y calidad de un programa de gestión del conocimiento se medirá por tanto en función de la actividad de sus CoPs más que por la cantidad de conocimiento producido, ya que el verdadero reto no es la producción de conocimiento, sino la participación de forma sostenida. Es importante que las organizaciones comprendan esto: las herramientas y sus contenidos son sólo un soporte, el exoesqueleto visible de las CoPs. Lo realmente valioso e importante es la conversación constante que tiene lugar bajo ese exoesqueleto. Las herramientas son sólo medios, catalizadores que facilitan la puesta en común de información y la conversación que se genera a partir de ellos para finalmente traducirse en co-creación de conocimiento. Los contenidos deben ser el resultado de la colaboración, no su origen ni tampoco su finalidad. Además, el contenido en sí es caduco por naturaleza y su vigencia está íntimamente ligada a la existencia, y sobre todo a la actividad, de la CoPs que lo produce y mantiene. Por tanto, desde el punto de vista de la organización, lo realmente valioso es el contenido que constituye las conversaciones, mucho más que el que se vuelca sobre las plataformas colaborativas. En la era de la inteligencia colectiva, cuando se habla de conocimiento, hay que entender que éste no reside tanto en las personas como en las redes; que es un flujo continuo a través de nodos; que el en su versión más actual es siempre conocimiento en tránsito y que, por consiguiente, la única forma realista de conservarlo actualizado no es almacenándolo en plataformas colaborativas sino creando los espacios para que las CoPs que lo producen y sustentan puedan seguir haciéndolo. Lo puedes leer en aprox. 3:06 minutos Desde su aparición, hace ya tres décadas, las aplicaciones informáticas, y en concreto las ofimáticas, no han parado de evolucionar, incorporando nuevas funcionalidades y haciendo un esfuerzo significativo por mejorar su rapidez y usabilidad.
A pesar de este innegable esfuerzo por parte de los desarrolladores, el aprovechamiento de estas herramientas de productividad sigue siendo, en términos reales, muy escaso. Se puede alegar que las nuevas versiones suceden a sus predecesoras a tal ritmo que resulta imposible mantenerse al día. También se puede intentar explicar la situación diciendo que las compañías no invierten suficiente en formar a sus empleados sobre el correcto uso y aprovechamiento de estos programas. Sean o no ciertas estas afirmaciones, lo que es indudable es que el aprovechamiento de estas herramientas de productividad depende tanto de la calidad y usabilidad de la propia herramienta como de la capacidad y voluntad del usuario. Y si es cierto que los fabricantes de aplicaciones ofimáticas han hecho un esfuerzo evidente por mejorarlas, no creo que la actitud del usuario medio ante las mismas haya evolucionado en la misma medida durante estos años. Tengo la impresión de que siguen siendo muy pocos los usuarios que se plantean preguntas como “¿qué podría hacer esta herramienta por mí?” o “¿será posible hacer X con esta herramienta?”. Lo más habitual es que las aplicaciones ofimáticas se perciban como algo impuesto con lo que hay que convivir, en lugar de ser percibidas como el potencial aliado que son. Objetivamente hablando, el uso de las herramientas ofimáticas no es más complicado ni requiere mayor esfuerzo que muchas de las asignaturas que esos mismos usuarios han tenido que superar a lo largo de su carrera académica. Para evitar malos entendidos, no digo que dominar las aplicaciones ofimáticas sea sencillo. Es algo que sin duda requiere una inversión muy importante de tiempo y esfuerzo. Pero sobre todo requiere compromiso, constancia y, especialmente, voluntad de aprender a usarlas. Por ejemplo, conozco algún caso de usuario incapaz de dar formato a una tabla en Word y no creo que sea por falta de capacidad, ya que en su día superó con buena calificación las asignaturas de Cálculo y Álgebra de una ingeniería superior. Algo ocurre en muchas de las organizaciones actuales en las que el talento, con más frecuencia de la que cabría esperar, está lento. Por otra parte, algo falla en un sistema educativo en el que muchas personas se afanan por dejar el cerebro en casa tan pronto consiguen una titulación. Este es uno de los grandes efectos perversos de un sistema basado en la conformidad: la pérdida de iniciativa y creatividad. El mecanismo natural del aprendizaje va de dentro a fuera de la persona impulsado por la curiosidad. Al sustituirlo por un mecanismo no sólo artificial sino erróneo, que va de fuera a dentro imponiendo temas sin interés para el individuo, se acaba eliminando en buena medida dicha curiosidad. Precisamente de la curiosidad nacen la pregunta y el sentido crítico, base del sentido común. Si el sistema obvia las preguntas y sólo emplea respuestas, consigue la conformidad buscada pero también favorece la aparición de individuos con niveles limitados de criterio e iniciativa. No nos engañemos. Las personas con altos niveles de criterio e iniciativa son proporcionalmente escasas porque se deben a un fallo del sistema. No son el resultado deseado sino una desviación del mismo. Esto que antes, en el paradigma del control, podría considerarse una buena noticia, ahora es un drama para las empresas y para la economía en general. La recuperación económica pasa por el incremento de la productividad, pero no entendida como reducción de costes, sino como innovar y producir más y mejor con los recursos disponibles. Una de las muchas cosas que deben cambiar para que esto sea posible, además de la adopción generalizada de hábitos productivos, es que las personas aprendan a utilizar y sacar partido a las herramientas de productividad que tienen a su disposición para hacer su trabajo. Porque no creo que actualmente el problema resida en las herramientas. Parafraseando la célebre frase de James Carville en la campaña de Bill Clinton contra George H. W. Bush, “It’s the economy, stupid“, creo que a día de hoy, en general, el principal motivo por el que la tecnología no se aprovecha como debiera “es el usuario, estúpido” y, en particular, “es el usuario estúpido“. Lo puedes leer en aprox. 3:19 minutos  Red three, cortesía de Stef Lewandowski Mi ex-colega holandés Kees Wouters me comentaba en una conversación reciente que, en su opinión, lo que se conoce como HR Analytics va a ser una de las áreas clave de Recursos Humanos en un futuro próximo. No sé si realmente será así o no pero creo que se trata de una necesidad imperiosa para la supervivencia de esta función, ya que la capacidad analítica es para mí una de las áreas de mejora pendientes en RRHH. Cuando comencé mi trayectoria profesional en este área, una de las cosas que más me llamó la atención fue la falta de rigor que existía, salvo excepciones, en la toma de decisiones. Viniendo de un área como Supply Chain, donde habitualmente todo se mide y cada decisión viene respaldada por datos, desembarcar en un mundo donde las decisiones se suelen tomar a partir de opiniones y creencias, es una experiencia un tanto desconcertante. Una de las primeras cosas que aprendí en “el mundo real”, es decir, antes de trabajar en RRHH, es que sin datos, eres sólo una opinión más ["without data, you are just one more opinion", que decía un jefe mío]. Y si esto es cierto e importante en cualquier aspecto de la vida, en un área donde se toman decisiones que afectan a la vida de otras personas lo es aún más. Por eso es esencial que RRHH como función integre el análisis de datos de forma urgente y completa en su paradigma de toma de decisiones. Para recuperar la credibilidad hay que dejar de hablar de lo que uno cree saber y empezar a hablar de lo que uno realmente sabe. Y esto, sin disponer de datos, y sin saber analizarlos e interpretarlos, es imposible. Por otra parte, en RRHH, y sobre todo en posiciones directivas, hay que superar esa absurda creencia generalizada de que dominar el uso de las hojas de cálculo es incompatible con el pensamiento estratégico. En RRHH sobra PowerPoint y falta Excel; sobra discurso de marketing y faltan datos. No vale únicamente con tener capacidad analítica, hay que saber también utilizar las herramientas de análisis. Un buen profesional de RRHH, del nivel que sea, debe manejar las hojas de cálculo como si fueran extensiones de sus dedos. Manejar una hoja de cálculo es algo más que sumar columnas. Es, entre otras muchas cosas, saber construir y usar tablas dinámicas, concatenar textos, combinar, validar y filtrar datos o utilizar expresiones condicionales o de búsqueda más o menos complejas. Es, en resumen, saber procesar con agilidad información numérica “en bruto” para convertirla en datos relevantes a partir de los cuales tomar decisiones y generar conocimiento. Porque, ¿cuántas funciones de RRHH disponen de un cuadro de mando serio que ofrezca información relevante para la toma de decisiones? Pocas, muy pocas. Medir por medir no sirve de nada. Hay que medir, bien, datos que revelen información significativa a partir de la cual poder tomar decisiones que aporten valor. Un cuadro de mando no es una recopilación de números sin sentido. El número de empleados que asiste a un curso es una curiosidad estadística, no un dato relevante para la toma de decisiones de negocio. Y si la capacidad analítica y el dominio de las hojas de cálculo son dos mejoras pendientes en Recursos Humanos, la tercera y no por ello menos importante, es el conocimiento del idioma inglés. Cada vez que oigo a alguien decir que “el puesto no lo requiere”, refiriéndose al conocimiento del inglés, me pregunto en qué mundo vive. A día de hoy no hay ninguna posición relacionada con el trabajo del conocimiento que no requiera saber inglés. Habrá, si acaso, posiciones en las que sea absolutamente indispensable y otras en las que “sólo” sea necesario. No saber inglés, aunque sólo sea leerlo, implica no tener acceso a gran parte del conocimiento más valioso y reciente que se genera. Lo último, lo más significativo, lo más innovador, está habitualmente disponible sólo en inglés, al menos al principio. Los profesionales de RRHH deben entender que, independientemente del tipo de empresa en la que estén, si no quieren quedarse obsoletos tienen que seguir aprendiendo el resto de su vida; tienen que leer y seguir formándose. Y parte de lo que lean tiene que ser en inglés o irán siempre con retraso. La función de Recursos Humanos tiene ante sí una magnífica oportunidad para aportar verdadero valor a la empresa en estos tiempos de grandes cambios pero será difícil si los profesionales que la integran no llevan a cabo rápidamente estas tres mejoras necesarias. | | |
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