Si Quieres Volar, Aprende a Caer

aprendiendo a volar Si Quieres Volar, Aprende a Caer

Sarangkot Flight, cortesía de Dhilung Kirat

En determinadas culturas, por ejemplo en la española, tenemos una relación insana con el error, la cual no sólo te limita enormemente en el día a día sino que también te genera culpa y frustración.

No voy a hacer aquí una apología absurda sobre el enorme valor del fracaso. Simplemente voy a compartir contigo algunas reflexiones sobre el tema con la intención de entender el error desde una perspectiva más amplia.

Errar no es fracasar. El error, al igual que el acierto, es uno de los dos resultados posibles cuando te decides por una de las opciones existentes y, además, la llevas a cabo. Esto es importante, porque si no haces, no te equivocas. Por eso, los únicos que nunca comenten errores son los que jamás hacen nada.

Por otra parte, probabilísticamente hablando, el error no es “mejor” ni “peor” que el acierto. Es sólo uno más de los resultados posibles. Esto significa que todas las creencias, generalmente negativas, que existen alrededor del error son sólo emocionales y no obedecen a razones objetivas.

La asociación de fracaso y error tiene mucho que ver con la falta de autoestima. Porque acertar no es fácil. Por lo general, es prácticamente imposible prever, y aún menos controlar, todos y cada uno de los elementos que pueden condicionar el resultado de una acción. Habitualmente decidimos en función de información muy parcial y, además, fuertemente condicionados por nuestras creencias y valores. Por eso es prácticamente imposible no errar nunca.

Por si fuera poco, sobreestimamos las probabilidades de error y también sus consecuencias. Tu mente te hace creer que tus probabilidades de equivocarte son mayores de lo que tu propia historia demuestra y, como si esto no fuera suficiente, te hace pensar que las consecuencias de errar serán mucho mayores de lo que son en realidad. De ahí que el estrés sea, fundamentalmente, fruto de un error de cálculo.

Este mismo tipo de fallos en nuestros procesos cognitivos son los que nos hacen que nos cueste tanto reconocer un error, cambiar de opinión o probar opciones diferentes.

La reacción inteligente ante un error no es por tanto la frustración, ni la rabia, ni ninguna otra reacción similar. Y por supuesto tampoco es ponerte a dar saltos de alegría porque gracias a ese error has aprendido muchas cosas que en caso contrario seguirías ignorando.

Ante un error lo inteligente es la deportividad, que es el apodo familiar de la resiliencia.

Debes entender que lo realmente importante no es lo que te sucede, sino qué sentido le das a lo que te sucede. Sí, es cierto, preferirías haber acertado pero no ha sido así. Y puesto que lo hecho, hecho está, lo que toca ahora es aprovechar al máximo la situación, aprender de lo ocurrido, probar de nuevo o, si has hecho bien las cosas, pasar al plan B.

La mejor herramienta de aprendizaje es la pregunta: ¿Qué podías haber hecho distinto? ¿Qué riesgos no consideraste o subestimaste? ¿Qué información necesaria desconocías? ¿Qué podrías hacer en el futuro para mitigar la probabilidad de error?

Si al responderte a lo anterior descubres que habías hecho la opción más adecuada, de nuevo deportividad. Inténtalo otra vez. La buena suerte depende de tu preparación pero la suerte, a secas, es puro azar y también existe. ¿Imaginas a un niño aprendiendo a andar que decide dejar de intentarlo porque ya se ha caído tres veces y aún no anda? Una de las mejores formas de superar el error, cuando el camino es el adecuado, es la constancia. Y la forma de encontrar el camino adecuado es pensar antes de hacer.

Precisamente en este sentido, una de las razones por las que las técnicas de coaching se están imponiendo en todo el mundo es porque te ayudan a pensar y, al hacerlo, aumentan tu grado de conciencia tanto sobre los riesgos que conllevan tus acciones como de los recursos de los que dispones para mitigarlos e incluso de las oportunidades que esos riesgos podrían llevar asociadas.

Aún así, incluso pensando, identificando riesgos, recursos y oportunidades y aprendiendo de tus errores, tendrás que reconciliarte con el error y hacer, con deportividad, que éste pase a formar parte de tu vida.

Porque, te guste o no te guste, si algún día quieres volar, antes tendrás que aprender a caer.

Desarrollo Personal: Hacia la Productividad por el Mínimo Esfuerzo

rueda de piedra Desarrollo Personal: Hacia la Productividad por el Mínimo Esfuerzo Decía la semana pasada que el esfuerzo está de moda últimamente y que, aunque creo entender las razones que lo motivan, esta reivindicación me parece un error.

Ya sabes que sin esfuerzo no hay resultados. Eso está claro y por ello el esfuerzo tiene un valor. Pero también hemos visto que si nada cambia, tampoco hay resultados, por mucho esfuerzo que haya habido de por medio.

El esfuerzo por el esfuerzo no tiene por tanto valor alguno. No es algo a ensalzar porque el esfuerzo no es una virtud, es un mal necesario. Sólo te esfuerzas lo que te esfuerzas hasta que descubres una forma alternativa de obtener el mismo resultado con un menor esfuerzo.

Afortunadamente algún antepasado decidió en un momento dado dejar de esforzarse por unos minutos en empujar algún tronco y pararse a pensar en cómo moverlo con menos esfuerzo. Muchos de los que ahora reivindican tan fervientemente el esfuerzo le hubieran tildado probablemente de vago, pero sin este primer vago de la prehistoria nunca se hubiera inventado la rueda.

La historia del Progreso viene marcada  por la búsqueda del mínimo esfuerzo; por todos esos vagos que afortunadamente decidieron dejar de esforzarse por un momento y pensar en su lugar cómo conseguir lo mismo con menos esfuerzo.

Por eso creo que reivindicar el esfuerzo como valor a recuperar no tiene sentido. Si debemos reivindicar algo, reivindiquemos el hábito de pensar, tan poco desarrollado y que tanta falta hace.

Fíjate en tu Productividad Personal. Es cierto que si te esfuerzas más, aumenta pero, si te esfuerzas mejor, aumenta mucho más.

Las metodologías para maximizar la productividad personal, como por ejemplo GTD, ni siquiera plantean aumentar el esfuerzo como forma de mejorarla. Más bien al contrario, ponen todo su énfasis en la forma en que aplicas tu esfuerzo, en pensar antes de hacer, en minimizar errores, en buscar sinergias, en aprovechar el poder de Y

En resumen, en encontrar el modo de hacer más con el mínimo esfuerzo.

Cuando se habla de fracaso escolar y se dice que a nuestros jóvenes y adolescentes no se les ha inculcado el valor del esfuerzo creo que el árbol no está dejando ver el bosque.

Lo que a nuestros jóvenes y adolescentes no se les ha enseñado es a pensar y por ese motivo buena parte de su esfuerzo, sea mucho o poco, no se traduce en los resultados esperados. Ni se les ha enseñado a ser consecuentes, y por eso no llevan a cabo las acciones necesarias para alcanzar los objetivos que dicen querer conseguir. Tampoco se les ha enseñado a ser perseverantes y por eso les cuesta tanto alcanzar metas que no sean inmediatas. Y por supuesto no se les ha enseñado a ser resilientes y por eso su umbral de frustración suele estar por los suelos…

Pero no erremos el diagnóstico. Eso no es sólo falta de esfuerzo. Por mucho que se esfuercen, si no piensan antes de hacer, ni son consecuentes, ni perseverantes ni resilientes, no creo que mejoren mucho sus resultados.

Y aunque no se esforzaran más de lo que lo hacen ahora, si nuestros jóvenes y adolescentes pensaran y fueran consecuentes, perseverantes y resilientes, ¿qué pasaría con sus resultados?

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